Emprender desde el Ser es un camino de transformación
En mis veinte, pensaba que emprender era simplemente tener un trabajo propio.
Un proyecto.
Pero, al iniciar, comprendí que emprender es otra cosa.
Es un camino de transformación interior.
No ocurre de golpe.
Ocurre a través de decisiones internas que debes ir tomando, una tras otra.
Llamado.
Salir al mundo.
Propuesta de valor, visión, nicho, comunicación, imagen… etc.
Y luego, existen transformaciones internas aún más profundas.
La primera vez que sentí esto con claridad fue en 2013,
cuando silenciosamente sentí el llamado a custodiar umbrales tabú.
Umbrales de transformación femenina.
Umbral del nacimiento.
Fotografiar partos en casa, esos recuerdos sagrados, verdaderos y reales.
Repletos de rezos, alegría, miedos, risas, lloros, calma.
A veces, salvando placentas al aire.
A veces, sosteniendo a la madre.
A veces, meditando en un rincón sobre la vida, mientras los bebés me susurraban desde el vientre de su madre.
Custodiando y honrando profundamente el instante de la muerte de la doncella y el nacimiento de la madre, junto a su recién nacido en brazos.
Lágrimas de gratitud en los ojos y el cuerpo temblando del privilegio concedido en cada uno de ellos.
Umbral del cuerpo real.
En 2013 lo soñé.
En 2016 empecé a reunir a mujeres en puerperio con la visión de normalizar nuestros cuerpos reales, emociones y maternidades diversas.
Proyecto Postpartum fue un catalizador de consciencia donde fotografía, círculo y presencia amorosa de madres con sus bebés, fueron los pilares.
Emoción pura brotando por todos nuestros poros.
Umbral del desnudo.
Cuando durante esa etapa ofrecí fotografía de desnudo por unos años, las mujeres me escribían profundamente emocionadas porque veían en ellas una belleza que nunca antes habían visto.
Algo en ellas empezó a despertar, el amor hacia su propio cuerpo.
Se me erizaba el vello al sentirlas.
Umbrales del salto vital.
Cuando hace ya unos años, empezaron a llegar los primeros feedbacks de las mujeres conscientes a las que acompaño.
Me decían algo muy profundo y muy simple: que podían verse en completitud.
Aquí sentí las lágrimas brotando lentamente, el cuerpo temblar, la emoción brotando por mis poros, el vello erizado y un hormigueo en la corona.
Plenitud.
Algo en la forma en que las acompañaba en la creación de su marca personal, las miraba y las fotografiaba cambiaba la manera en que se percibían a sí mismas. No solamente se veían capaces o bonitas al final de este viaje, sucedía la integración de cuerpo y alma. Eso que llaman encuerparse o embodiment.
Había y hay muchísima gratitud en este camino, pero también algo más profundo, esta transformación interna, suya y mía.
Todos esos umbrales fueron muy importantes, uno a uno, porque me hicieron comprender que lo que estaba ofreciendo no era simplemente un servicio.
Había algo más grande sucediendo a través de mí, comprendí que no estaba ofreciendo solo fotografía o acompañamiento. Estaba sosteniendo procesos de transformación internos y externos.
Tomé pues, una decisión que me dio mucho miedo.
Decidí cerrar otras vías de mi negocio para dedicarme únicamente a acompañar a estas mujeres.
Había construido mi trabajo durante once años y, de repente, sentí ese llamado. Desmontar ese castillo para seguir el camino del corazón: acompañar -en mi zona de genio- únicamente a mujeres emprendedoras conscientes en su creación de marca personal, fotografía y servicio en el mundo.
El miedo que apareció inmediatamente:
¿Podré sostenerme solo con esto?
Pero junto al miedo había una certeza interna muy grande.
Tan grande que en realidad no me lo pensé demasiado.
A veces el camino de emprender, espiritual o no, no se parece a una iluminación tranquila.
Se parece más a saltar con miedo aún sin saber si hay red, si hay algo ahí abajo.
Lo que sí hay absolutamente es certeza interna.
Y fe.
Entonces, con mucho coraje, vas y saltas.
Las muertes que aparecen en el camino
Cuando empecé en 2013, mi miedo era el clásico miedo del inicio:
no ser suficiente.
El síndrome de la impostora. Por supuesto.
Sentir que quizá no estaba preparada.
Y no lo estaba.
Ni siquiera estudié fotografía.
Pero la intuición y el deseo eran inmensos, suficiente para saltar.
Años después apareció otro miedo mucho más profundo.
Cuando decidí seguir realmente mi corazón y afinar el nicho de mi trabajo, apareció el miedo a exponerme.
A salir del armario espiritual.
A sostener públicamente mi verdad.
Hablar abiertamente de lo invisible, de lo sagrado, de lo que se mueve a través de nosotras.
Eso implicaba una vulnerabilidad mucho mayor.
Cada vez que el proyecto pide evolucionar por petición de la Vida,
algo en nosotras pide morir y soltar pieles.
Murió la fotógrafa perfeccionista, que intentaba hacerlo todo bien.
Murió la insegura, que buscaba aprobación externa.
Murió la que emprendía en chiquito.
Para permitir que naciera la que gozaba del camino siendo y ofreciendo lo que ya era.
Siempre he sido profundamente fiel a lo que siento, veo y soy.
No se mentir(me).
Y curiosamente, cuanto más fiel he sido a mi verdad interna, con más claridad me comunicaba y más fácil ha sido que lleguen las mujeres alineadas que atraviesan procesos transformacionales conmigo.
Cuando el trabajo deja de ser servicio
Hubo un momento en el que comprendí que lo que hacía no era simplemente un servicio.
El servicio es algo delimitado.
Algo que se entrega y termina.
Pero lo que ocurre cuando una mujer se ve de verdad a sí misma y desde ahí crea su servicio para el mundo es otra cosa.
Es ofrenda sagrada.
Porque lo que sucede en esos encuentros, en mi caso, no lo hago solo yo.
Ocurre a través de mí.
Es la Vida experimentándose a sí misma a través de nosotras.
Del trabajo al gozo
Con el tiempo comprendí algo más.
Crear no debería sentirse como sacrificio.
Durante mucho tiempo hemos aprendido a trabajar desde el esfuerzo, la obligación, el deber.
Pero hay otra forma.
Para mí, esa forma es el gozo sagrado en nuestro emprendimiento femenino.
El gozo significa, para mí, vivir en presencia, ser canal de creatividad y servir en amor.
Crear cada día desde la energía disponible de ese día.
Respetar los ciclos:
los ciclos creativos,
los ciclos del cuerpo,
los ciclos de la vida,
los ciclos de Venus.
El placer creativo vive en otro tiempo.
Los griegos lo llamaban Kairós.
No es el tiempo productivo.
Es el tiempo en el que algo quiere nacer.
A veces ese nacimiento puede ser un bebé.
A veces una fotografía, una canción, un tambor.
A veces una marca personal.
A veces crear la cosmología de tu servicio.
A veces reflexionar, que tal vez, estás creando algo mayor, una obra hermosa para la humanidad.
Pero para que algo pueda nacer se precisa una cosa que casi nadie nos enseñó:
permiso interno.
Porque emprender es, en realidad, una sucesión de decisiones evolutivas y unas duelen, otras no.
Decisiones que van alineando lentamente lo que somos con lo que ofrecemos al mundo.
Marca personal.
Servicio.
Obra.
Quizá un bello legado para el mundo.
Cada etapa trae nuevos retos internos y nuevas expresiones de creatividad.
Y cada etapa pide una cosa muy concreta:
caminar aunque exista miedo, día tras día.
Cuando lo hacemos, algo se expande dentro de nosotras.
La autoestima crece.
El amor propio florece y se fortalece.
La confianza y la fe se vuelven más profundas.
Y poco a poco empezamos a comprender algo inesperado:
que somos herramienta de aquello más grande.
Venimos a materializar en la Tierra la verdad de la Vida.
A través de nuestra capacidad creadora.
Somos, de algún modo, puentes de creación entre el Cielo y la Tierra.
Cuanto más caminamos, más retos internos llegan, más se ensancha nuestra capacidad de crear y, también, de sostener aquello que quiere manifestarse a través de nosotras.
Y con el tiempo anhelamos que lleguen nuevos retos, la creatividad propia y la transformación bidireccional.
¿Cuál será el siguiente reto que nos traerá la Vida?
Seguimos caminando.
Custodiando umbrales.
Plantando lo que quiere nacer.
Pau
Autora: Paula Eugènia — fotógrafa y fundadora de El Ojo de Venus —