La ternura necesaria para atravesar un verdadero salto de identidad profesional
Hay momentos en los que una mujer simplemente sabe.
No necesariamente sabe cómo sucederá, ni cuándo, ni qué forma exacta terminará tomando aquello que empieza a vislumbrarse y a moverse dentro de ella. Pero hay algo que ya fue tocado. Una nueva realidad roza el cuerpo y lo eriza como una memoria lejana que, aun sin existir del todo en la materia, empieza lentamente a reorganizar la respiración y la vida desde dentro.
A veces ocurre silenciosamente, inmersa en lo cotidiano sagrado. Durante una caminata al despuntar el alba. Mirando por la ventana. Mientras prepara la comida. O justo antes de dormir, cuando el ruido del día se apaga y aparece esa sensación extraña de estar acercándose a algo que todavía no tiene nombre, pero que ya cambió algo internamente para siempre.
Fotografía autoral de El Ojo de Venus en Río bajo el Río
Y entonces comienza una de las partes más delicadas de cualquier transformación real: aprender a habitar lentamente aquello que el alma ya vio y susurró, mientras la parte humana entre ilusión y miedo todavía intenta comprender cómo diantres sostenerlo sin romperse por dentro.
Siento que los bloqueos nacen cuando una verdad demasiado grande intenta entrar en estructuras que todavía no saben cómo contenerla. Porque hay visiones que no llegan solamente para inspirarnos. Llegan para pedirnos transformación.
Cuando una identidad empieza a desplazarse, no solo cambia la imagen que una mujer tiene de sí misma. Cambia la manera en la que habita el amor, el dinero, los vínculos, la visibilidad, el placer, la responsabilidad y el espacio que está disponible para ella para ocupar en el mundo. Hay partes antiguas que tiemblan desconsoladamente cuando sienten acercarse a una vida más grande en coherencia. No porque quieran sabotearla, sino porque fueron construidas para mantenerla segura dentro de lo conocido. Y otras que se expanden en deseo, fuego e ilusión.
Por eso cada vez me interesa menos la espiritualidad que empuja constantemente hacia adelante y muchísimo más aquella que comprende quedarse cerca del cuerpo mientras atraviesa esa transformación. La que entiende que no somos solamente consciencia. También somos memoria, sensibilidad, historia, sangre, emoción y sistema nervioso. Somos humanidad sagrada. Y nuestra humanidad necesita tiempo y espacio para poder entrar de verdad en ciertos lugares que el alma comprende mucho antes.
Hay algo profundamente violento en obligarnos a expandirnos más rápido de lo que nuestro cuerpo puede sostener amorosamente. Como si la sensibilidad fuese un defecto. Como si el miedo cancelara la verdad de una visión. Como si la vulnerabilidad fuese señal de que todavía no estamos listas.
Pero las expansiones profundas no se atraviesan desde la fuerza. Se atraviesan con amor, presencia y ternura hacia una misma. Desde la capacidad de permanecer junto a una misma mientras todo lo conocido empieza lentamente a colapsar, caer y reorganizarse.
Porque sí, hay partes de nosotras que se rompen durante ciertos saltos identitarios. Se rompen maneras antiguas de protegernos. Formas de relacionarnos. Versiones de nosotras mismas que durante años hicieron lo mejor que pudieron para sostener la vida que teníamos hasta ese momento.
Y quizá el problema nunca fue la ruptura en sí misma. Quizá el verdadero dolor apareció cuando aprendimos a abandonarnos cada vez que algo dentro se quebraba.
Muchas mujeres aprendimos a endurecernos justo cuando más necesitábamos ternura. A exigirnos más cuando lo que el cuerpo pedía era descanso. A acelerar cuando necesitábamos tiempo para integrar. A convertirnos en proyectos eternos de mejora personal incapaces de recibir amor mientras todavía estamos en proceso.
Sin embargo, una obra viva no puede crearse desde violencia interna.
Y tampoco una nueva línea temporal.
Porque manifestar una vida distinta no consiste solamente en imaginarla y desearla. Manifestar también implica empezar a caminar hacia esa vida aun cuando todavía existan partes internas aprendiendo a confiar en ella. Tomar decisiones nuevas. Mover el cuerpo distinto. Abrir espacio. Sostener conversaciones incómodas. Cambiar ritmos. Crear estructuras. Decir sí. Decir no. Permitir que algo nuevo empiece lentamente a reorganizar la materia.
Porque las obras vivas no nacen solamente desde visión. Nacen cuando una mujer empieza a relacionarse de otra manera con lo que da,
con lo que recibe y con la capacidad de dejar circular la vida a través de ella.
Somos vasijas. Vasijas que crean, contienen, sostienen, dan...
Y que también necesitan aprender a recibir sin cerrarse, endurecerse o colapsar.
Y quizá una parte importante de toda expansión consista justamente en eso: en aumentar poco a poco la capacidad de nuestro cuerpo para sostener más verdad, más amor, más placer, más responsabilidad, más dinero, más visibilidad, más vida. Permitir que una nueva vida entre en el cuerpo mientras partes antiguas todavía tiemblan creyendo que no sobrevivirán a ella.
Quizá por eso ciertas obras tardan tiempo en nacer. No porque no estén listas, sino porque van transformando profundamente a la mujer que va a sostenerlas después.
Y hay algo inmensamente humano en eso, incluso sagrado.
Cada vez siento más que la verdadera soberanía no consiste en dejar de sentir miedo, rabia o hastío. Consiste en dejar finalmente de darnos la espalda mientras lo sentimos. Permanecer cerca y mirarlo a los ojos. No huir. No endurecernos. No abandonarnos en mitad de nuestra propia transformación. Mirarnos, acunarnos y amarnos.
Tal vez ahí empieza el amor más profundo, más humano y más divino.
En el instante en que una mujer puede mirarse con amor temblando, vulnerable, atravesada por el vértigo de convertirse en alguien nuevo… y aun así seguir caminando tratándose con una inmensa delicadeza.
Tal vez ahí empieza el amor más profundo.
En el instante en que una mujer deja finalmente de darse la espalda mientras está cambiando.
Cuando puede permanecer cerca de sí misma y hacerse el amor, aun temblando y vulnerable.
Y mirarse con la misma ternura y veneración con la que sostendría algo sagrado entre las manos.
Con ternura,
Pau
—
PD.
Hay transformaciones que no necesitan más fuerza.
Necesitan más amor hacia la mujer que está aprendiendo a sostenerlas.
Pulso es el lugar donde sigo escribiendo sobre identidad, humanidad sagrada, obra viva y los movimientos invisibles que atraviesan ciertos procesos de expansión.
Este tipo de trabajo forma parte de los procesos de marca personal, fotografía identitaria y arquitectura de negocio que acompaño en Barcelona y online dentro de El Ojo de Venus.
Autora: Paula Eugènia — fotógrafa, escritora y fundadora de El Ojo de Venus.