C.III.12 · La Inteligencia Relacional

Hay una inteligencia que no nace de saber más, sino de saber relacionar.

Nos han enseñado a pensar el conocimiento como algo que se adquiere. Aprendes una disciplina. Después otra. Lees un libro. Haces una formación. Estudias una herramienta. Adquieres experiencia. Y así, poco a poco, una mujer puede llegar a saber muchísimo. Pero saber mucho no garantiza que haya aparecido pensamiento propio. Porque el pensamiento propio no depende únicamente de cuánto hemos recibido, sino también de aquello que hacemos con lo que hemos recibido cuando empieza a pasar por nuestra propia vida.

Hay una forma de inteligencia que trabaja precisamente ahí. No añade necesariamente una pieza nueva. Mira las que ya existen y descubre lo que ocurre cuando dejan de estar separadas. Relaciona una experiencia con otra, una pregunta con algo que ya habíamos vivido, un conocimiento antiguo con una situación nueva, una disciplina con otra, una observación con algo que parecía no tener ninguna relación. Y, al hacerlo, puede aparecer una comprensión que no estaba disponible en ninguna de las piezas por separado. No porque hayamos aprendido algo más, sino porque hemos comenzado a ver de otra manera aquello que ya sabíamos.

Quizá una de las formas más profundas de inteligencia sea precisamente ésa: ver relaciones donde antes parecía haber separación.

Una mujer puede pasar años pensando que tiene demasiados intereses. Puede haber estudiado cosas muy distintas, trabajado en campos diferentes, atravesado etapas que aparentemente no guardan relación entre sí. Puede sentir que necesita elegir una sola identidad para poder explicar quién es y qué hace. Y, sin embargo, puede estar ocurriendo exactamente lo contrario. Tal vez aquello que parecía dispersión era el recorrido necesario para desarrollar una manera propia de mirar. Tal vez no había varias mujeres dentro de ella, sino una misma inteligencia expresándose a través de lenguajes diferentes.

Porque lo verdaderamente propio no siempre está en una disciplina concreta. A veces está en la forma en la que una mujer atraviesa todas sus disciplinas. En lo que observa una y otra vez. En aquello que reconoce aunque cambie el contexto. En la clase de preguntas que sigue haciéndose después de haber encontrado muchas respuestas. En su manera de escuchar. En lo que ve antes que otras personas. En las relaciones que establece espontáneamente entre cosas que, para los demás, todavía aparecen separadas.

Eso también forma conocimiento.

Y quizá ésta sea una de las razones por las que dos mujeres pueden recibir exactamente la misma formación y terminar sabiendo cosas completamente diferentes. Han recibido herramientas parecidas, pero han vivido vidas distintas. Han amado de maneras distintas. Han perdido, creado, acompañado, observado, errado y vuelto a empezar de maneras distintas. Y todo aquello ha ido estableciendo relaciones singulares dentro de cada una.

Por eso la inteligencia propia no siempre aparece cuando una mujer encuentra una idea que nadie había pensado antes. A veces aparece cuando relaciona de una manera que nadie más podría relacionar, porque nadie más ha recorrido exactamente su camino.

Tu trayectoria no es solamente una sucesión de capítulos. También es la red invisible que has ido construyendo entre ellos.

Y esa red es conocimiento.

Hay algo más que ocurre cuando esta inteligencia entra en relación con otras personas. Porque el conocimiento tampoco se desarrolla siempre en soledad. Una mujer puede llegar a nosotras con una experiencia, una pregunta, una contradicción, una resistencia o una forma de ver que modifica algo que creíamos comprender. Algo se mueve. Una experiencia encuentra otra. Una pregunta se une a una investigación antigua. Una conversación ilumina una parte de nuestra propia historia. Y de pronto aparece una comprensión que no pertenecía del todo a ninguna de las dos antes de encontrarse.

Ésa es una de las formas más misteriosas de la relación: no solamente nos encontramos; producimos algo en el encuentro.

Por eso una relación verdaderamente fértil no consiste únicamente en entregar aquello que ya sabemos. También nos transforma mientras estamos ofreciendo. Una mujer puede llegar a nosotras buscando una respuesta y terminar abriendo una pregunta que cambia nuestra propia manera de comprender aquello que llevamos años estudiando. Lo que ocurre entonces no puede reducirse a intercambio. Hay algo nuevo que empieza a existir entre ambas.

Quizá por eso la experiencia acumulada, cuando está verdaderamente viva, no se queda quieta.

Vuelve. Se transforma. Encuentra otra cosa. produce una nueva comprensión.

Y esa comprensión puede volver a entrar en la propia Obra.

Durante mucho tiempo hemos aprendido a pensar que crear consiste en producir algo nuevo continuamente. Una idea nueva. Un texto nuevo. Un producto nuevo. Una publicación nueva. Pero una mujer que ha desarrollado pensamiento propio puede empezar a relacionarse de otra manera con aquello que ya existe dentro de ella. Puede volver sobre una idea que escribió hace años y descubrir algo que entonces todavía no podía ver. Puede escuchar una antigua pregunta desde una experiencia nueva. Puede encontrar una conversación dentro de un texto, un texto dentro de una experiencia, una experiencia dentro de otra pregunta.

Entonces crear ya no consiste únicamente en producir.

Consiste también en reconocer relaciones.

Y ahí el tiempo adquiere otra dimensión. Lo que vivimos hace diez años no desaparece simplemente porque haya quedado atrás. Puede seguir trabajando dentro de nosotras. Una experiencia puede convertirse en criterio. Una relación puede dejar una inteligencia. Un fracaso puede modificar nuestra percepción. Una práctica puede enseñarnos algo que no tenía nada que ver con aquello para lo que fue aprendida. Un libro puede permanecer dentro mucho después de haber olvidado incluso algunas de sus palabras.

La vida deja materia.

La inteligencia relacional sabe encontrarla.

Quizá por eso llega un momento en la trayectoria de una mujer en el que el problema ya no es la falta de conocimiento. Puede ser, precisamente, no haber tenido todavía el tiempo o el espacio suficiente para ver qué conocimiento ha producido ella al relacionar todo lo que ya sabe.

Porque existe una diferencia profunda entre conocer muchas cosas y pensar desde ellas.

Una mujer puede saber explicar perfectamente aquello que estudió y, sin embargo, todavía no reconocer aquello que ella misma ha comprendido después de años de atravesarlo. Puede conocer sus referencias, sus herramientas, sus maestros y sus disciplinas, pero no haber nombrado todavía las relaciones que ha descubierto entre todas ellas. Puede tener una biblioteca llena y no haber reconocido todavía cuál es el pensamiento que atraviesa sus páginas.

No porque ese pensamiento no exista.

Porque se ha vuelto tan familiar que ha dejado de verlo.

Ésa quizá sea una de las paradojas del pensamiento propio: cuanto más tiempo llevamos habitándolo, más fácil puede resultar confundirlo con sentido común.

Y, sin embargo, hay algo profundamente autoral en esa forma de relacionar.

No necesitas haber inventado cada una de las piezas.

Ni necesitas que nadie antes haya hablado de cada una de ellas.

Tampoco necesitas poseer todas las respuestas. Pueden ir desplegándose orgánicamente.

En todo caso, necesitas poder reconocer qué ocurre cuando esas piezas pasan por ti y empiezan a encontrarse entre ellas.

Ahí aparece una arquitectura que no estaba dibujada al principio.

Una arquitectura invisible.

Y quizá ésa sea una de las formas más hondas de autoría: no solamente aquello que has creado, sino la manera singular en la que has aprendido a mirar, comprender y relacionar lo que la vida te ha ido poniendo delante.

Porque una mujer no se convierte en autora cuando empieza a hablar.

Empieza a convertirse en autora antes.

Cuando reconoce que existe una manera propia en la que su experiencia piensa.

Y quizá ése sea el momento en que todo aquello que parecía disperso comienza, por fin, a revelarse como una misma inteligencia.

Una inteligencia que no necesita seguir acumulando para demostrar que sabe.

Una inteligencia que empieza a reconocerse en las relaciones que establece.

Una inteligencia que convierte experiencia en comprensión.

Comprensión en pensamiento invisible.

Y pensamiento invisible en pensamiento transmisible para otrass personas, así puede seguir viviendo.

Relacionar también es una forma de crear.

Con amor,

Paula Eugènia · El Ojo de Venus

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