C.III.14 · Una Obra Viva da y recibe mientras tú sigues creando

Una Obra Viva no retiene a su autora.
Le permite seguir creando.

Hay una diferencia profunda entre crear algo y darle un cuerpo capaz de seguir viviendo.

Mientras una idea permanece solamente dentro de una mujer, necesita de ella para existir, para ser explicada, para encontrar a otra persona, para volver a tomar forma. No hay nada malo en ello. Hay obras que nacen así. Hay cosas que necesitan presencia, conversación, mirada, cuerpo, tiempo compartido. pero llega un momento en algunas obras en el que aquello que ha nacido empieza a pedir otra forma, porque esa forma ya ha cumplido su función en ella y en las personas que la recibieron.

No para dejar atrás a la mujer que lo creó.

Para poder entrar en relación con la Vida y que la mujer entre también en una nueva relación que le traiga nuevas experiencias, comprensiones y pueda acompañar a sus clientes al siguiente nivel.

Una Obra Viva no está quieta. Da y recibe. Sale de una mujer y, al encontrarse con otra, vuelve a producir algo. Una fotografía puede revelar una mirada que alguien todavía no había podido ver en sí misma. Un texto puede abrir una comprensión. Una investigación puede despertar una pregunta que seguirá creciendo mucho después de haber sido leída. Una metodología puede ser habitada por otra persona y transformarse en sus propias manos.

Por eso la forma importa.

No porque la forma sea más importante que aquello que contiene, sino porque aquello que existe dentro de una mujer necesita a veces un cuerpo para poder salir de ella sin perder su raíz.

La forma libera lo que existe dentro de ti.

Y quizá eso sea una de las cosas más misteriosas de la autoría: comprender que dar forma no significa reducir aquello que has creado. Significa permitir que pueda adquirir una existencia diferente de la que tenía mientras permanecía solamente dentro de ti.

Cuando una autora materializa una parte de su Obra, algo deja de depender exclusivamente de su presencia.

La Obra puede permanecer.

Puede circular.

Puede encontrarse con otras.

Puede volver transformada.

Puede seguir creciendo.

Y ella puede continuar.

Aquí hay algo que conviene comprender profundamente: la presencia de la autora y la presencia de la Obra no tienen por qué competir.

Una no tiene que desaparecer para que la otra pueda existir.

Una autora puede estar plenamente presente en su Obra sin tener que estar físicamente presente en cada momento en que esa Obra llega a otra persona.

Puede haber una palabra suya en un libro.

Una mirada suya en una fotografía.

Una manera de pensar dentro de una metodología.

Una parte de su investigación en una biblioteca.

Una forma de acompañar convertida en un espacio que otra mujer puede recorrer.

La autora sigue estando allí.

Pero ya no tiene que volver a hacerlo todo desde el principio.

Y entonces aparece una forma distinta de libertad.

No la libertad de hacer menos.

La libertad de poder dedicar tu presencia a aquello que todavía no existe.

Porque una Obra que tiene cuerpo puede seguir dando mientras su autora vuelve a crear.

Y también puede recibir.

Recibe las preguntas de quienes la encuentran.

Las nuevas experiencias que nacen al ser habitada.

Las interpretaciones que despierta.

Los encuentros que provoca.

Las nuevas piezas que, a partir de ella, vuelven a nacer.

Por eso una Obra Viva no es un conjunto cerrado de cosas que una autora produjo en algún momento.

Es una relación en movimiento.

La autora da forma.

La Obra circula.

La Vida responde.

Y entonces la autora vuelve a recibir.

Quizá por eso la arquitectura verdadera no debería encerrar la creatividad de una mujer.

Debería protegerla.

Una arquitectura puede convertirse en una jaula cuando obliga a repetir indefinidamente aquello que ya ha sido creado.

Pero también puede convertirse en un espacio de libertad cuando permite que una parte de la Obra permanezca, circule y siga haciendo su trabajo mientras la autora escucha aquello que todavía quiere nacer.

Una obra sin templo devora a la diosa.

Esta Verdad vuelve aquí con otra profundidad.

Porque el Templo no existe solamente para contener la Obra.

Existe también para que la mujer no tenga que sostenerla toda ella sola.

La estructura no sustituye a la autora.

La sostiene.

Y cuando la sostiene bien, algo muy hermoso puede ocurrir:

la mujer vuelve a tener espacio para ser creadora.

No deja de ser autora.

Al contrario.

La autoría se vuelve también la capacidad de reconocer qué necesita seguir pasando por ti y qué ya puede tener un cuerpo propio.

Hay cosas que quizá siempre pedirán tu voz.

Habrá encuentros que solo existirán cuando estés tú.

Habrá momentos en los que tu presencia sea irremplazable.

Pero no todo tiene por qué ser así.

Una parte de tu Obra puede seguir dando mientras tú estás creando otra parte.

Una parte puede estar recibiendo mientras tú estás escuchando.

Una parte puede estar circulando mientras tú estás investigando.

Y así la Obra deja de pedirte que permanezcas inmóvil para sostenerla.

Empieza a acompañar también tu propia evolución.

Quizá ésa sea una de las formas en las que una Obra Viva permanece viva:

no porque se quede siempre igual,
sino porque puede seguir viviendo mientras su autora cambia.

La autoría también consiste en saber qué merece cuerpo, qué merece presencia y qué todavía necesita gestación.

Una Obra Viva da y recibe mientras tú sigues creando.


Con amor,

Paula Eugènia · El Ojo de Venus

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