C.VI.1 · Ancestras Vivas

Hay ancestras que viven dentro de nosotras. Mujeres que caminaron antes, cuyos cuerpos ya no están aquí y cuya mirada, sin embargo, continúa respirando en el mundo. Viven en los mitos que atravesaron miles de años para llegar hasta nuestro tiempo, en las historias que alguien custodió para que no desaparecieran, en las comprensiones que vuelven a encontrarnos cuando estamos preparadas para escucharlas. Inanna y Venus son algunas de ellas. También lo son tantas mujeres cuyos nombres hemos olvidado y cuyo legado continúa formando parte de aquello que somos.

Hay conocimientos que no terminan cuando termina una vida.

Continúan viviendo en quienes los reciben.

Y también existen ancestras vivas que caminan hoy junto a nosotras. Mujeres que encontramos en determinados momentos de nuestra vida y cuya presencia modifica para siempre nuestra manera de mirar. Una conversación, una obra, una enseñanza, una pregunta, una manera de crear, de cuidar, de amar, de atravesar la dificultad, de relacionarse con el cuerpo, con la Tierra, con el Gran Misterio o con la propia grandeza. Muchas veces no sabemos, mientras estamos recibiendo, hasta qué punto aquello se convertirá en parte de nuestra propia alquimia. Pero algo entra en nosotras, se mezcla con lo que ya éramos, atraviesa nuestra experiencia y, con el tiempo, se transforma en mirada.

Porque ninguna de nosotras comienza completamente sola. Hemos sido acompañadas por mujeres, por hombres, por comunidades, por libros, por obras, por la Tierra, por quienes estuvieron antes y por quienes están ahora. Recibimos una herencia invisible y la llevamos al interior de nuestra propia experiencia. Allí no la conservamos intacta: la vivimos, la cuestionamos, la encarnamos y la transformamos. La transmisión se convierte en alquimia. Y esa alquimia modifica nuestra manera de estar en el mundo, de crear nuestra Obra y de acompañar a otras personas a recordar la suya.

Pero ser una ancestra viva no consiste únicamente en haber recibido algo valioso y hacerlo circular. Somos ancestras vivas porque pertenecemos a una continuidad de vida que nos precede y que continuará después de nosotras. Recibimos una Tierra que otros cuidaron, una historia que otros atravesaron, un conocimiento que otros custodiarion y unas posibilidades que no construimos solas. Y recibimos también la responsabilidad de cuidar aquello que llegará después. De acompañar a las generaciones que nos sucederán. De intentar dejar una Tierra un poco mejor de como la encontramos o de hacer nuestra parte para que la vida pueda seguir siendo más consciente, más amorosa, más bella y más habitable.

Eso es ser una ancestra viva hoy.

Una ancestra viva ama incondicionalmente a la humanidad y a la Tierra. Ama la vida que recibió y la vida que todavía no conoce. Cuida de quienes estuvieron antes y de quienes vendrán después. Y comprende que su propia existencia puede convertirse en un lugar desde el que otra persona recuerde quién es. Puede acompañar a una mujer a reconocer su grandeza. A reconocer su divinidad. A recordar que ella también es un fractal de la Fuente, una expresión de la Vida, una creadora capaz de materializar aquello que ha venido a traer al mundo.

Una Obra Viva es una forma de amor incondicional a la humanidad y a la Tierra. No nace únicamente para expresar a una mujer. Nace para participar en la continuidad de la Vida. Por eso aquello que hacemos, aquello que creamos, aquello que enseñamos, aquello que cuidamos y aquello que dejamos disponible para quienes vendrán puede convertirse en transmisión. Una fotografía puede hacerlo. Un libro puede hacerlo. Una empresa puede hacerlo. Una conversación puede hacerlo. Una manera de mirar puede hacerlo. Una mujer que, después de encontrarnos, se reconoce a sí misma, también.

Mi Obra Viva es El Ojo de Venus. Y El Ojo de Venus apuesta por esto: por acompañar a mujeres a recordar quiénes son, a reconocer su grandeza, a reconocer el fractal divino que son y a llevar esa verdad a su propia vida, a su propia Obra y al mundo. Por eso las mujeres que llegan aquí no están entrando simplemente en un lugar donde una mujer transmite y otras reciben.

Estamos ya en el mismo barco.

Cada una de nosotras tiene un remo.

Cada una ha recibido algo diferente. Cada una ha recorrido una parte distinta del río. Cada una trae una vida y una mirada única que no puede ser sustituida por ninguna otra. Cada una está llamada a convertir aquello que ha recibido en algo que pueda continuar viviendo a través de ella. No para repetir lo anterior, sino para llevarlo un poco más lejos.

Y por eso somos ancestras vivas, como lo fueron quienes nos precedieron. Ellas recibieron la vida, la custodiaron, la transformaron y nos la entregaron. Nosotras hacemos lo mismo. Tomamos lo que llegó hasta nosotras —la vida, los mitos, los conocimientos, las obras, las preguntas, las mujeres, la Tierra, las comprensiones que nos encontraron en el momento preciso— y lo llevamos hacia delante. Algunas de esas ancestras viven dentro de nosotras desde hace miles de años. Otras caminan hoy a nuestro lado. Y algún día, también nosotras viviremos dentro de otras mujeres. Quizá ya sucede.

La transmisión no es una línea recta. Es una espiral. Algo que fue vivido, comprendido y custodiado por una mujer puede atravesar generaciones, desaparecer durante un tiempo, volver a aparecer en otro cuerpo y adquirir una forma nueva. Una comprensión puede esperarnos durante siglos. Una mujer puede acompañarnos durante unos pocos años y continuar formando parte de nuestra mirada durante toda la vida. Una obra puede nacer en una época y seguir fecundando otras mucho después de que su autora haya dejado de trabajar sobre ella.

Por eso una Obra Viva tampoco termina necesariamente cuando termina la presencia física de quien la creó. Puede seguir caminando, alimentando, transformando, encontrando mujeres, conversaciones, lugares y tiempos que la lleven más lejos. Y también puede dejar de hacerlo cuando haya cumplido su función. El legado no consiste en obligar a algo a permanecer. Consiste en permitir que aquello que todavía tiene vida encuentre la forma de seguir viviendo.

Ahí está una de las formas más profundas de la soberanía de una autora: abrir las manos.

Abrir las manos y reconocer que lo que ha creado también tiene una vida propia en el mundo. Dejar que circule. Permitir que sea encontrado, interpretado, amado, transformado. Saber que seguirá siendo parte de su genealogía aunque ya no esté sosteniéndolo con sus propias manos.

Porque una Obra Viva no pertenece completamente a la mujer que la crea. También pertenece a todo aquello que la hizo posible, a quienes la precedieron, a quienes la acompañaron, a las mujeres que la recibieron y a las que algún día la encontrarán.

La autora es el lugar donde la transmisión se vuelve consciente.
La Obra Viva es aquello que se transmite.
El contenedor es la forma que permite que esa Obra Viva exista y circule.
Puede ser un libro, un Templo digital, una empresa, una fotografía, una conversación…

Y así continúa la espiral.

Una ancestra recibe, transforma, entrega.
Y otra mujer, en algún momento, recibe aquello que ella dejó vivo.

Estamos en el mismo barco.

Cada una con su remo, en el mismo río, cada una con su Obra.
Cada una participando, a su manera, en una misma tarea sagrada: amar la Vida lo suficiente como para dejarla un poco más viva de como la encontramos.

Con amor,

Paula Eugènia · El Ojo de Venus

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