C.V.13 · Hieros Gamos. Amar a la Empresaria que gobierna.

Durante mucho tiempo amé profundamente a mi Creadora. Admiraba su sensibilidad, su capacidad de escuchar lo invisible, su manera de reconocer la belleza y de dar forma a aquello que todavía no existía. Le ofrecía tiempo, confianza y libertad para explorar. Sin embargo, había otra mujer dentro de mí a la que no sabía mirar con el mismo amor. Una mujer a la que convocaba cuando aparecían los números, las decisiones, los límites y las responsabilidades materiales de mi Obra.

Era mi Empresaria.

A una le permitía permanecer en el misterio. A la otra le exigía resultados. Una podía equivocarse, detenerse y cambiar de dirección. La otra debía encontrar soluciones, construir una economía sostenible y conseguir que todo funcionara. Había aprendido a reconocer lo sagrado en mi capacidad de crear, pero todavía me costaba reconocerlo en mi capacidad de gobernar. Sin darme cuenta, había convertido a mi Creadora en la mujer amada y a mi Empresaria en la mujer que debía sostenerlo todo.

En el primer Hieros Gamos comprendí que la cama precede al trono. Antes de gobernar mi vida, necesitaba aprender a habitarla y renovar amorosamente mis votos conmigo misma, con Dios, con ELLA y con el espíritu de mi Obra. Pero un día descubrí que aquella cama todavía tenía espacio. Que había aprendido a amar mi sensibilidad, mi espiritualidad y mi deseo, mientras una dimensión esencial de mí misma continuaba esperando ser recibida.

Le estaba pidiendo a mi Empresaria que gobernara una casa en la que todavía no se sentía plenamente bienvenida.

Y comprendí que el matrimonio sagrado no podía consistir únicamente en reconciliar las partes de mí que ya reconocía como bellas. También debía alcanzar aquellas que había aprendido a considerar menos espirituales. Porque una mujer puede amar su don y desconfiar de su autoridad. Puede entregarse generosamente y sentir vergüenza al recibir. Puede reconocer el valor de su Obra y, sin embargo, resistirse a construir las condiciones materiales que necesita para permanecer.

La reconciliación que estaba buscando era anterior a cualquier estrategia.

Necesitaba entrar en amor con mi Empresaria.

No para convertirla en una Reina infalible ni para someter a mi Creadora a sus decisiones. Sino para reconocer que ambas pertenecen a la misma mujer. Que la intuición no pierde su naturaleza sagrada cuando encuentra estructura. Que establecer un precio no destruye el amor de una entrega. Que poner límites puede ser una forma de cuidado y que recibir también forma parte de una relación fecunda.

Mi Empresaria no viene a sustituir el misterio por el cálculo. Viene a participar en la responsabilidad de darle un lugar en la Tierra. A escuchar lo que mi Obra necesita, a discernir qué formas pueden sostenerla y a cuidar también de la mujer que la custodia. Porque mi hogar, mi descanso, mi libertad y mi vida material no son asuntos ajenos a mi camino espiritual. Son parte de la existencia desde la que ese camino puede encarnarse.

Amarla significa también permitirle decirme la verdad. Reconocer cuándo una forma de trabajar ha dejado de corresponder a mi vida, cuándo una entrega necesita nuevas condiciones o cuándo estoy esperando una señal para evitar una decisión que ya me pertenece. La rendición espiritual no me exime de mi responsabilidad humana. Escuchar es una parte de la relación. Responder con mis actos también lo es.

Quizá aquí comienza una forma distinta de autoridad. No cuando la Empresaria vence a la Creadora, ni cuando la Creadora consigue domesticar a la Empresaria, sino cuando ambas dejan de disputarse su legitimidad. Cuando una mujer puede crear desde el deseo y gobernar desde el amor, sin expulsar de sí misma ninguna de las capacidades que necesita para sostener su Obra Viva.

El Hieros Gamos no garantiza prosperidad ni elimina la incertidumbre. Pero transforma el lugar desde el que una mujer se relaciona con ambas. Ya no necesita traicionarse para decidir, ni abandonar su espiritualidad para ocuparse de la economía. Puede reconocer su autoridad sin convertirla en exigencia y su capacidad de recibir sin confundirla con una deuda.

Hoy comprendo que amar a mi Empresaria también es una forma de desnudarme. Dejar caer la creencia de que el poder me aleja del amor, de que el dinero contamina lo sagrado o de que una mujer entregada al servicio debe permanecer ajena a sus propios deseos materiales.

No quiero que mi Empresaria llegue al trono después de haber pasado toda una vida sintiéndose indigna de la cama. Quiero recibirla, escucharla y amarla antes de pedirle que gobierne. Porque la mujer que gobierna también merece ser amada antes de gobernar.

La cama sigue estando antes del trono. Y esta vez, mi Empresaria también está invitada.

Con amor,

Paula Eugènia · El Ojo de Venus

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