C.V.8 La guardiana de la visión.
Existe un instante muy silencioso en el que una mujer deja de preguntarse qué quiere hacer con su vida y comienza a preguntarse qué desea la Vida hacer, vivir o crear a través de ella. A simple vista parecen dos preguntas parecidas. Sin embargo, pertenecen a mundos completamente distintos. La primera nace del esfuerzo por encontrar un camino. La segunda inaugura una relación con aquello que pide ser custodiado.
Durante mucho tiempo pensamos que una visión es una idea brillante, un talento o un propósito personal. Con el tiempo descubrimos que una visión posee algo mucho más parecido a un organismo vivo. Respira. Cambia de forma. Madura. Espera. A veces guarda silencio durante meses. Otras irrumpe con una claridad que reorganiza una vida entera. Una visión no es un proyecto. Es una presencia que aprende a confiar en la mujer que ha decidido acompañarla.
Quizá por eso ninguna Obra Viva puede sostenerse únicamente sobre la motivación. La inspiración inicia el camino, pero jamás lo sostiene durante años. Lo que permanece es otra cosa. Una fidelidad tranquila que sigue presentándose incluso cuando nadie mira, cuando no llegan los resultados esperados o cuando el siguiente paso todavía permanece oculto. Custodiar una visión rara vez consiste en hacer más. Consiste, sobre todo, en no abandonarla.
Vivimos en una cultura que nos enseña a proteger aquello que poseemos. Mucho menos se habla de custodiar aquello que amamos. Custodiar exige una presencia distinta. No intenta controlar el crecimiento de la visión ni acelerar sus tiempos. La acompaña. La escucha. Aprende a reconocer cuándo necesita estructura, cuándo necesita descanso y cuándo simplemente necesita que alguien permanezca junto a ella sin exigirle convertirse inmediatamente en otra cosa.
Con el tiempo comprendí que una visión también puede sentirse sola. No porque carezca de fuerza, sino porque necesita un lugar donde ser recibida una y otra vez. Ese lugar no siempre es un estudio, una oficina o un ordenador. Muchas veces es el cuerpo de una mujer que ha aprendido a reservar un espacio cotidiano para encontrarse con ella. Antes de existir un templo en el mundo, siempre existe un templo interior donde la visión puede seguir respirando.
Ser guardiana de una visión tampoco significa no sentir miedo. Toda visión verdadera atraviesa estaciones de incertidumbre. Hay momentos en los que parece demasiado grande para nuestras fuerzas y otros en los que parece haber desaparecido por completo. Sin embargo, incluso en esos inviernos, la visión continúa trabajando en silencio. La fidelidad consiste precisamente en permanecer cuando todavía no existen pruebas visibles de que algo está floreciendo.
Tal vez esa sea la forma más profunda del amor. No amar únicamente aquello que ya ha dado fruto, sino también aquello que todavía está aprendiendo a nacer. Una guardiana no protege la visión porque conozca el desenlace. La protege porque ha reconocido su verdad. Y cuando una mujer reconoce una verdad de esa naturaleza, deja de preguntarse si merece la pena seguir. Comprende que algunas llamadas no aparecen para ser evaluadas, sino para ser honradas.
Quizá por eso las grandes Obras Vivas nunca pertenecen del todo a quien las crea. Durante un tiempo descansan en sus manos, reciben su voz, su tiempo y su forma. Después continúan su propio camino, fertilizando vidas que la creadora quizá nunca llegará a conocer. La guardiana lo sabe desde el principio. Por eso ama profundamente la visión, pero nunca intenta poseerla. Sabe que ambas se están transformando mutuamente y que esa relación, mucho antes que un resultado, ya constituye una forma de plenitud.
Con amor,
Paula Eugènia · El Ojo de Venus
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