C.I.10 La mujer que recuerda
Existe una forma de olvido mucho más profunda que olvidar un nombre, una fecha o un acontecimiento. Es el olvido de una misma. No sucede de un día para otro. Llega lentamente. Comienza cuando una mujer empieza a adaptarse demasiado tiempo a aquello que otros esperan de ella. Poco a poco aprende a responder antes de sentir, a explicar antes de escuchar y a sostener antes de preguntarse si aquello todavía pertenece a su verdad.
Durante mucho tiempo pensé que recordar consistía en mirar hacia atrás. Hoy creo que recordar es otra cosa. Es volver a reunir aquello que nunca dejó de pertenecerte, aunque durante un tiempo hayas dejado de reconocerlo. No se trata de fabricar una nueva identidad, sino de permitir que vuelvan a ocupar su lugar todas las mujeres que ya habitan en ti.
Vivimos rodeadas de discursos que nos invitan a convertirnos en una versión mejor de nosotras mismas. Rara vez alguien nos propone algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: dejar de abandonar a las mujeres que ya hemos sido. Cada una de ellas abrió una puerta que la siguiente pudo atravesar. Ninguna fue un error. Ninguna merece quedar escondida porque hoy nuestra vida tenga otra forma.
Con el tiempo he comprendido que una Obra Viva también posee memoria. Las decisiones que tomamos hace diez años siguen respirando en aquello que hoy somos capaces de ofrecer. La mujer que un día se atrevió a empezar nunca desaparece. Permanece sosteniendo silenciosamente los cimientos de todo lo que vino después. Cuando olvidamos a esa mujer, también olvidamos una parte de la fuerza que todavía nos sostiene.
Quizá por eso la Vida nos invita, una y otra vez, a recordar. No para instalarnos en la nostalgia, sino para restaurar la continuidad de nuestra propia historia. Hay fragmentos que esperan ser nombrados de nuevo. Oficios que parecían terminados y que siguen entregándonos una sabiduría imprescindible. Versiones de nosotras mismas que no reclaman protagonismo; solamente desean ser reconocidas con gratitud.
Recordar tampoco significa permanecer idénticas. Una mujer viva cambia. Muda de piel. Se contradice. Aprende. Se despide de antiguos sueños y da la bienvenida a otros nuevos. Pero existe un hilo invisible que atraviesa todas esas transformaciones. Cuando logramos sentirlo, dejamos de vivir la evolución como una sucesión de rupturas y comenzamos a experimentarla como una misma vida desplegándose en formas distintas.
Hay una autoridad que no nace del conocimiento ni de la experiencia. Nace de poder presentarte ante el mundo acompañada por todas las mujeres que has sido, sin necesidad de esconder ninguna de ellas. La niña, la aprendiz, la que se equivocó, la que amó, la que comenzó demasiado pronto o la que creyó demasiado tarde… Todas siguen viviendo en ti. Todas siguen sosteniendo algo que todavía necesitas.
Quizá recordar sea, en el fondo, el acto más humilde de todos. Porque ninguna mujer llega sola al lugar en el que hoy se encuentra. Siempre camina acompañada por una genealogía invisible formada por sus antiguas versiones, por quienes caminaron antes que ella y por quienes un día caminarán después. Cuando una mujer recuerda, deja de sentirse sola. Comprende que siempre ha pertenecido a una historia mucho más grande que su propia biografía.
Y tal vez por eso recordar no sea mirar hacia atrás.
Sea, sencillamente, volver a casa.
Con amor,
Paula Eugènia · El Ojo de Venus
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