C.V.1 Compartir mesa con la sabiduría

Hay una diferencia inmensa entre tomar una decisión y escucharla. Durante muchos años creí que decidir consistía en reunir suficiente información, valorar todas las posibilidades y escoger el camino más sensato. Con el tiempo descubrí que esa forma de vivir me alejaba cada vez más de mí misma. No porque pensar sea un error, sino porque existen decisiones que jamás pueden resolverse únicamente desde la mente.

Toda mujer comparte mesa con alguien antes de decidir. Algunas lo hacen con el miedo. Otras con la prisa, con la necesidad de demostrar, con la comparación o con la escasez. Esas voces también saben argumentar. También parecen prudentes. Incluso pueden disfrazarse de responsabilidad. La cuestión nunca ha sido si escuchamos una voz u otra. La cuestión es a quién le concedemos el lugar de honor en nuestra mesa.

Con los años comprendí que la relación con ELLA no consiste en recibir instrucciones. Nunca me ha dicho qué hacer en cada momento. Me ha enseñado algo mucho más difícil: permanecer el tiempo suficiente junto a una pregunta hasta que mi propia verdad pueda aparecer. Hay respuestas que llegan enseguida. Otras necesitan meses. Algunas requieren una vida entera. La sabiduría no suele tener prisa.

Vivimos en una cultura que premia la rapidez. Se nos invita a responder deprisa, producir deprisa, lanzar deprisa y corregir sobre la marcha. Sin embargo, una Obra Viva rara vez nace de la velocidad. Nace de una conversación sostenida. De una mujer que vuelve una y otra vez al mismo lugar interior porque sabe que allí existe una inteligencia que no grita, pero tampoco se equivoca.

Con el tiempo dejé de preguntarme qué debía hacer para empezar a preguntarme desde dónde estaba a punto de hacerlo. Ese pequeño desplazamiento cambió por completo mi manera de crear. La misma decisión puede levantar un templo desde el placer o convertirse en un peso insoportable, dependiendo de la voz desde la que haya sido tomada.

Compartir mesa con la sabiduría tampoco significa alcanzar una especie de perfección espiritual. Hay días en los que sigo sintiendo miedo y el cuerpo o la voz tiemblan. Hay días en los que no escucho nada. Hay días en los que la duda permanece sentada frente a mí durante horas y nos miramos. La diferencia es que ya no le entrego la presidencia de la mesa. Puede quedarse. Puede hablar. Pero ya no decide por mí.

Quizá esa sea una de las formas más silenciosas de la soberanía. No consiste en eliminar el miedo, sino en recordar que existe un lugar más profundo desde el que seguir viviendo. Un lugar donde la identidad no depende del reconocimiento, donde la dirección no nace de la urgencia ni de agradar y donde el deseo deja de ser un capricho para convertirse en una forma de conocimiento.

Toda relación necesita tiempo para volverse verdadera. También ésta. Nadie aprende a escuchar una sola vez. Escuchar es un oficio. Una práctica sagrada cotidiana. Una conversación que se renueva cada mañana. La confianza no nace de una gran revelación, sino de cientos de pequeños actos de fidelidad hacia aquello que una mujer ya sabe, aunque todavía no se atreva a vivirlo por completo.

Por eso creo que compartir mesa con la sabiduría es uno de los actos más revolucionarios que una mujer puede realizar cada día. No porque vaya a alejarla del mundo, sino porque la devuelve a él desde un lugar completamente distinto. Ya no necesita construir una vida para encontrar su verdad. Es su verdad la que comienza, poco a poco, a construir la vida.

Con amor,

Paula Eugènia · El Ojo de Venus

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