C.I.4 El deseo como brújula
Durante mucho tiempo desconfié del deseo. Aprendí, como muchas mujeres, a revisarlo antes de escucharlo. A preguntarme si era razonable, si tenía sentido, si era posible, si era el momento adecuado. Sin darme cuenta, había convertido la lógica en la única voz autorizada para tomar decisiones importantes. El deseo siempre llegaba después, si es que llegaba.
Con los años descubrí que el deseo no funciona así. No aparece para distraernos del camino. Muchas veces es el propio camino intentando encontrarnos. Llega antes que las certezas, antes que los recursos y, casi siempre, antes que la identidad capaz de sostenerlo. Por eso suele dar miedo. Porque señala un lugar hacia el que todavía no sabemos caminar.
Durante mucho tiempo confundimos el deseo con el impulso, con el consumo o con la satisfacción inmediata. Pero existe otra clase de deseo. Uno mucho más silencioso. No exige. No empuja. Permanece. Vuelve una y otra vez, incluso después de años de haber intentado olvidarlo. Tiene la extraña capacidad de sobrevivir a nuestras dudas, a nuestras renuncias y a nuestros intentos de convertirnos en alguien distinto.
Cuando un deseo permanece tanto tiempo, empiezo a sospechar que ya no habla solamente de nosotras. Habla también de la Obra que intenta abrirse paso. Porque una Obra Viva rara vez comienza con un plan. Casi siempre comienza con un deseo que todavía no sabemos nombrar.
Mirando mi propia historia descubro que muchas de las decisiones que parecían arriesgadas nacieron exactamente ahí. No tenía todas las respuestas cuando dejé la empresa. No las tenía cuando emprendí. Tampoco cuando empecé a cerrar etapas profundamente amadas para abrir otras completamente desconocidas. Lo único que tenía era un deseo que no dejaba de volver. Y, con el tiempo, aprendí que algunas formas de fidelidad empiezan precisamente ahí: en no abandonar aquello que continúa llamándonos con la misma delicadeza una y otra vez.
Eso no significa obedecer todos los deseos. También ellos necesitan ser escuchados, madurados y discernidos. Hay deseos que nacen del miedo. Otros de la herida. Otros de la comparación. Pero existe un deseo muy distinto. Uno que no hace ruido. Uno que ensancha la respiración cuando aparece. Uno que no nos promete una vida más fácil, sino una vida más verdadera.
Con los años he dejado de preguntarme qué quiero conseguir. Me interesa mucho más preguntarme qué deseo sigue vivo después de tanto tiempo. Porque ese deseo ha demostrado una fidelidad que merece, al menos, mi atención. Quizá él ya sepa algo que mi mente todavía no alcanza a comprender.
Y, curiosamente, cuanto más aprendo a escucharlo, menos siento que sea yo quien lo sostiene. Empiezo a sospechar que también él me sostiene a mí. Como una brújula que no señala un destino concreto, sino la dirección en la que mi vida puede seguir creciendo con verdad.
Quizá por eso ya no temo tanto al deseo.
Temo mucho más dejar de escucharlo.
Con amor,
Paula Eugènia · El Ojo de Venus
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déjalo aquí antes de que el mundo vuelva a hacer ruido.