C.III.5 Cuando un don deja de pertenecerte
Existe un momento muy silencioso y concreto en la vida, en el que una deja de preguntarse qué puede hacer con su don... Y resulta, que la pregunta cambia. Empieza a preguntarse qué le está pidiendo ese don a ella. Puede parecer un matiz, pero transforma por completo la relación. Porque, hasta entonces, era la mujer quien dirigía el camino. A partir de ese instante comienza a intuir que también está siendo guiada por aquello que ha venido a custodiar.
Y quizá aquello tiene voz.
Al principio creemos que nuestros dones nos pertenecen. Los desarrollamos, los estudiamos, los protegemos y aprendemos a vivir con ellos y de ellos. Forman parte de nuestra identidad. Nos ayudan a encontrar un lugar en el mundo. Y eso está bien. Es una etapa necesaria. Todo don necesita primero un cuerpo donde poder experimentarse y encarnarse antes de aprender a ofrecerse.
Con el tiempo, sin embargo, algunos dones empiezan a hacer algo inesperado. Dejan de preguntarnos qué deseamos crear y empiezan a susurrarnos qué desean crear a través de nosotras. La diferencia es inmensa. Ya no se trata únicamente de expresar un talento. Se trata de entrar en relación con una Obra que parece tener su propio ritmo, sus propios tiempos y, en ocasiones, incluso un futuro o destino distinto del que habíamos imaginado.
Recuerdo que durante años pensé que la fotografía era mi trabajo. Más tarde comprendí que nunca había sido solamente eso. La cámara era una puerta. Detrás de ella estaba ocurriendo otra conversación. Mientras aprendía a mirar la luz también estaba aprendiendo a mirar personas. Mientras buscaba una imagen verdadera también estaba aprendiendo a reconocer cuándo una mujer empezaba a encontrarse consigo misma. El don llevaba tiempo enseñándome aquello que algún día necesitaría para custodiar una obra mucho más grande y profunda que la fotografía.
Y comprendí que la fotografía era una herramienta.
El verdadero don estaba ocurriendo detrás de ella.
Quizá por eso llega ese momento en el que los dones empiezan a incomodarnos. No porque hayan dejado de ser verdaderos, sino porque la forma en la que los estamos viviendo ya no pueden contener todo lo que desea desplegar. Muchas mujeres interpretan esa incomodidad como una pérdida de pasión. Yo creo que, muchas veces, es exactamente lo contrario. Es el don intentando crecer más deprisa de lo que nuestra vida todavía sabe sostener.
Ese momento suele dar miedo. Porque implica dejar de controlar completamente la relación. Significa aceptar que quizá el don nos conozca mejor de lo que nosotras lo conocemos a él. Que lleva años preparándonos para conversaciones que todavía no alcanzamos a imaginar. Y que algunas renuncias no son abandonos, sino actos de fidelidad hacia aquello que el propio don está intentando convertirse.
Con el tiempo siento que estoy al servicio de ellos. No desde el sacrificio, sino desde la reciprocidad. Ellos me han regalado una vida, una mirada, un oficio y una Obra Viva. Yo intento ofrecerles un cuerpo, una escucha, un tiempo, un templo y una mujer capaces de sostenerlos con amor incondicional y dignidad.
Quizá ese sea el instante en que un don deja de pertenecernos. No cuando deja de ser nuestro, sino cuando comprendemos que nunca vino únicamente para nosotras. Vino para atravesarnos. Para transformarnos. Para encontrar, a través de nuestra vida, la forma de llegar a otras vidas.
Y quizá la mayor gratitud que podamos ofrecerle no consista en exprimirlo hasta agotarlo, sino en cuidarlo y nutrirlo lo suficiente cada día.
Desde ese día dejé de preguntarme cómo hacer crecer mis dones.
Empecé a preguntarme cómo crecer yo para poder seguir caminando a su lado.
Con amor,
Paula Eugènia · El Ojo de Venus
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