C.III.8 El reconocimiento del Gran Misterio

Existe una forma de conocimiento que no nace de aprender algo nuevo. Nace de volver la vista atrás y reconocer una coherencia que había permanecido invisible mientras la estábamos viviendo. No porque antes no existiera, sino porque, en ese momento, todavía no éramos la mujer capaz de verla.

Durante mucho tiempo pensé que mi vida avanzaba gracias a las decisiones que iba tomando. Creía que cada elección abría un camino distinto y que el futuro dependía, sobre todo, de acertar. Con los años empecé a mirar mi historia de otra manera. Descubrí que muchas preguntas, encuentros, pérdidas, intuiciones y aparentes casualidades parecían estar conversando entre sí desde mucho antes de que yo pudiera reconocer su relación.

No siento que el Gran Misterio escriba nuestra vida como si todo estuviera decidido de antemano. Tampoco siento que la existencia sea una sucesión de acontecimientos aislados donde cada una debe abrirse camino completamente sola. Lo que percibo es algo mucho más sutil. Una conversación constante entre la Vida y nuestra libertad. Una danza donde ambas participan, y donde el sentido solo empieza a revelarse cuando dejamos de mirar cada paso por separado y contemplamos el camino entero.

Hay preguntas que aparecen muchos años antes de que podamos responderlas. Hay dones que permanecen en silencio hasta que nuestra vida puede ofrecerles un lugar donde respirar. Hay encuentros que parecen fortuitos y solo mucho después comprendemos que modificaron discretamente el rumbo de todo lo que vino después. En el momento casi nunca lo sabemos. Es el tiempo quien nos concede esa mirada.

Quizá por eso he dejado de preguntarme cuándo nació realmente mi Obra. Cada vez siento con más fuerza que las Obras Vivas no empiezan el día que las nombramos ni el día que las mostramos al mundo. Empiezan mucho antes, cuando una presencia comienza a llamarnos silenciosamente y todavía no sabemos reconocer su voz. Lo que cambia no es la Obra. Cambia nuestra capacidad para escucharla, confiar en ella y, poco a poco, convertirnos en la mujer capaz de custodiarla.

Reconocer el Gran Misterio tampoco significa encontrar explicaciones para todo. Hay dolores que seguirán siendo dolores. Hay pérdidas que nunca terminarán de comprenderse. Hay preguntas que quizá permanezcan abiertas toda la vida. El reconocimiento del que hablo es mucho más humilde. Es la confianza serena de quien descubre que la Vida lleva años conversando con ella, incluso en aquellos momentos en los que creyó estar completamente perdida,equivocada o profundamente incomprendida..

Con el tiempo he comprendido que reconocer también es una forma de pertenecerse. Cuando una mujer empieza a reconocer el hilo invisible que atraviesa su historia, deja de sentirse dividida. Ya no necesita luchar contra las etapas anteriores ni renegar de las versiones que un día habitó. Descubre que cada una ocupó un lugar preciso dentro de una conversación mucho más grande que ella.

También que el reconocimiento del Gran Misterio no me ha llevado a comprender más cosas. Me ha llevado, sobre todo, a volverme más disponible. Disponible para escuchar aquello que todavía no entiendo. Disponible para dejarme mover por una intuición antes de poder justificarla. Disponible para aceptar que algunas de las conversaciones más importantes de mi vida comenzaron mucho antes de que yo fuera capaz de reconocerlas.

Y, curiosamente, esa disponibilidad ha ido transformándose poco a poco en devoción. No una devoción hacia una idea, una creencia o una respuesta definitiva. Una devoción hacia la propia Vida. Hacia esa inteligencia silenciosa que continúa desplegándose mucho más allá de lo que mi mente puede abarcar. Una devoción que no necesita certezas para seguir caminando, porque ha aprendido a confiar en la conversación que mantiene con el Gran Misterio.

Quizá esa sea una de las formas más bellas de habitar una Obra Viva. No intentando controlar cada paso del camino, sino permaneciendo lo bastante presentes como para reconocer cuándo la Vida vuelve a llamarnos. Disponibles para responder. Y enamoradas de la Vida, de la Obra y de nosotras mismaas como para seguir dejándonos sorprender.

Podría seguir… pero lo dejo aquí.

Mujeres que se pertenecen.

Que podamos seguir caminando presentes, enamoradas y disponibles para reconocer aquello que el Gran Misterio decida revelarnos.


Paula Eugènia · El Ojo de Venus

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