C.II.1 Amar una visión antes de mostrarla
Durante muchos años pensé que una visión necesitaba hacerse visible cuanto antes. Que si una idea era buena había que salir a contarla. Abrir la web. Diseñar el logo. Enseñar el proyecto. Ponerle nombre. Sentía una especie de responsabilidad por materializar aquello que intuía antes de que se escapara. Con el tiempo he descubierto que algunas de las cosas más importantes de mi vida nacieron exactamente al revés. La mayoría necesitaron oscuridad, silencio y que dejara de hablar de ellas para empezar, simplemente, a hablar con ellas. A escribirlas, a dibujarlas lentamente…
Pienso mucho en una semilla. Desde fuera parece que no ocurre nada. Pero debajo de la tierra está sucediendo una conversación inmensa. Nadie desentierra una semilla cada dos días para comprobar si ya está creciendo. Sabemos que hacerlo sería interrumpir el propio proceso que deseamos cuidar. Y, sin embargo, eso hacemos muchas veces con nuestras visiones. Las sacamos demasiado pronto a la superficie buscando una confirmación que todavía no pueden ofrecernos o empezamos a estructurarlas.
Con el tiempo he llegado a sentir que una visión también necesita intimidad y eros. Necesita sentirse profundamente amada antes de sentirse observada para que pueda desplegarse. Hay ideas que nunca llegaron a convertirse en Obra porque las expusimos cuando todavía estaban buscando su propia voz, color, olor o forma. Otras sobrevivieron, sí, pero aprendieron demasiado pronto a agradar. Dejaron de crecer desde dentro para empezar a responder a lo que esperaban de ellas.
Con El Ojo de Venus ocurrió algo muy distinto. No apareció un día completamente formado. Durante mucho tiempo solo fue una presencia. Una conversación. Una intuición que me acompañaba mientras paseaba, escribía o preparaba una sesión de fotografía. Todavía no sabía qué era. Ni siquiera necesitaba saberlo. Lo único que sentía era un deseo inmenso de permanecer cerca de aquello, como quien acompaña algo muy querido sin necesidad de ponerle todavía un nombre. Se me encendía el cuerpo entero y me sigue ocurriendo a diario.
Hoy pienso que eso también era hacerle el amor. No intentar definirlo, ni pedirle resultados o exigirle que encontrara rápidamente su lugar en el mundo o en el mercado. Simplemente pasar tiempo juntas. Escucharla. Preguntarle qué necesitaba. Dejar que me danzara y me transformara antes de intentar convertirlo en algo útil para los demás. Creo que esa fue una de las mayores lecciones que una visión me ha regalado.
Quizá amar una visión sea exactamente eso. Aceptar que, durante un tiempo, todavía no ha venido para el mundo. Ha venido para ti, para cambiar tu manera de mirar. Para ensanchar primero tu corazón. Para convertirte, poco a poco, en la mujer capaz de custodiarla cuando llegue el momento de ofrecerla. Porque quizá el primer hogar que una visión necesita nunca sea una web, una marca o una estrategia. Quizá su primer hogar sea el corazón de la mujer que la ha escuchado, que la ha sentido palpitar dentro de su vientre.
Y he descubierto algo más. Las visiones que más profundamente han transformado mi vida nunca me pidieron que las enseñara deprisa. Me pidieron que las amara despacio. Y, curiosamente, cuando una visión ha sido profundamente amada, casi siempre encuentra sola el momento y la forma de salir a la luz. Entonces deja de ser únicamente una intuición y empieza a convertirse en una compañera de camino.
Y hay algo que solo he podido comprender después de muchos años. Caminar una visión lentamente, haciéndole el amor cada día, no solo la cristaliza. También hace aparecer nuevos horizontes que al principio eran invisibles. La visión crece contigo. Se vuelve más profunda, más sencilla y más verdadera. Y un día descubres que aquello que creías estar cuidando… llevaba mucho tiempo cuidándote también.
Con amor,
Paula Eugènia · El Ojo de Venus
★
Si ELLA también te ha susurrado algo mientras leías...
déjalo aquí antes de que el mundo vuelva a hacer ruido.