C.II.8 El arte de permanecer

Vivimos en una cultura que nos enseña a responder deprisa. Si algo termina, buscamos inmediatamente otra cosa que lo sustituya. Si una identidad se rompe, intentamos construir una nueva antes de haber comprendido qué necesitaba morir realmente. Si un proyecto deja de sostenernos, sentimos la urgencia de diseñar el siguiente. Nos cuesta permanecer en aquellos lugares donde todavía no hay respuestas, porque el vacío suele parecernos un error cuando, muchas veces, es el lugar donde la Vida está haciendo su trabajo más profundo.

Con los años he descubierto que permanecer no significa quedarse inmóvil. Tampoco resignarse. Permanecer es una de las formas más profundas del eros. No del eros entendido como intensidad o deseo de posesión, sino del eros que ama tanto la vida que es capaz de esperar a que revele su propia forma. Es elegir no escapar de una conversación que todavía no ha terminado de desplegarse. Es confiar en que algunas transformaciones necesitan silencio antes que acción, escucha antes que estrategia y presencia antes que movimiento.

Recuerdo una época en la que sentí que toda mi antigua piel había caído. Durante unos días no sabía cómo volver a nombrarme. Podría haber construido rápidamente otra imagen, otra web, otro discurso. Nadie habría notado la diferencia. Pero algo dentro de mí sabía que aquella prisa habría interrumpido una conversación mucho más importante. Así que hice lo único que sentía que podía hacer: permanecer.

Permanecí desnuda. Permanecí sin respuestas. Permanecí escuchando aquello que todavía no sabía decirse. Y fue precisamente en esa aparente inacción donde comenzó a dibujarse la mujer que después sería capaz de sostener El Ojo de Venus. Comprendí que no estaba perdiendo el tiempo. Estaba gestando una nueva forma de relación conmigo misma, con mi Obra y con la Vida.

Creo que muchas mujeres confunden el deseo de avanzar con la necesidad de moverse continuamente. Sin embargo, una Obra Viva no siempre necesita velocidad. Hay momentos en los que lo único que necesita es que su creadora permanezca lo suficiente como para escuchar el siguiente susurro. Porque las grandes certezas rara vez aparecen en medio del ruido. Llegan cuando dejamos de correr para volver a escuchar.

Quizá por eso cada vez amo más los tiempos que, desde fuera, parecen improductivos. Los paseos sin objetivo. Los jardines. Los cuadernos abiertos. Las conversaciones que no buscan una conclusión inmediata. Todo aquello que permite que una intuición encuentre lentamente el cuerpo que necesita para revelarse.

Con el tiempo he comprendido que permanecer también es una forma de amar. No porque nos aferremos a lo conocido, sino porque elegimos no abandonar aquello que todavía está naciendo. Permanecer es decirle a una visión: no voy a forzarte para que seas otra cosa antes de tiempo. Es ofrecerle presencia en lugar de prisa.

Y sospecho que ahí comienza una forma muy distinta de crear. No la que persigue resultados forzosamente, sino la que aprende a acompañar con devoción aquello que la Vida todavía está pronunciando.


Con amor,

Paula Eugènia · El Ojo de Venus

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