C.IV.5 Custodiar antes de exponer
Con los años he descubierto que no todo aquello que amamos necesita ser expuesto inmediatamente. Hay momentos en los que una mujer, una visión o una Obra todavía están naciendo y pedirles que se muestren demasiado pronto puede convertirse en una forma muy sutil de violencia. No porque el mundo sea hostil, sino porque todavía no existe suficiente raíz para sostener la mirada de los demás sin empezar a deformarse.
Vivimos en una época que nos invita constantemente a compartir procesos. A enseñar lo que estamos creando, lo que estamos sintiendo, lo que estamos descubriendo. Y, sin embargo, algunas de las conversaciones más importantes de mi vida solo pudieron crecer porque permanecieron durante un tiempo fuera de la mirada ajena. No por miedo. Por amor.
Con el tiempo he comprendido que custodiar no consiste en esconder. Consiste en crear las condiciones para que algo pueda crecer sin tener que defender todavía su existencia. Igual que un invernadero protege un brote del viento sin encerrarlo para siempre, un templo ofrece el clima necesario para que aquello que todavía es vulnerable pueda fortalecerse antes de salir al mundo.
Pienso muchas veces en las mujeres con las que he trabajado durante todos estos años. Lo verdaderamente transformador nunca ocurría cuando encendíamos la cámara. Ocurría mucho antes. En las conversaciones donde aparecían las preguntas que nunca habían pronunciado. En los silencios. En la elección de una tela, de un objeto, de un lugar... Allí no estábamos preparando una sesión de fotografía. Estábamos creando un espacio donde una nueva identidad pudiera empezar a respirarse sin sentirse observada.
Hoy siento que esa ha sido una de las tareas más importantes de mi vida: custodiar espacios. Espacios donde una mujer no tenga que demostrar quién es. Donde una visión no necesite justificarse. Donde una Obra pueda cambiar de forma sin que nadie le exija coherencia antes de tiempo. Porque las cosas verdaderas también necesitan un lugar donde ensayar, equivocarse y descubrir quiénes son antes de exponerse al mundo.
Durante mucho tiempo pensé que el templo era para la Obra. Hoy sé que primero fue para mí. Necesitaba un lugar donde mi voz pudiera empezar a salir sin sentirse expuesta en cada esquina de internet. Un lugar donde escribir despacio. Donde grabar un audio sin que me temblara la voz y sin que tuviera que competir con el ruido. Donde una conversación pudiera crecer antes de convertirse en contenido. Sin darme cuenta, mientras construía un templo para mi Obra, estaba construyendo el lugar donde yo misma pudiera volver a respirar.
Quizá por eso cada vez me interesan menos los escaparates y mucho más los templos. Un escaparate muestra lo que ya está terminado. Un templo acompaña aquello que todavía se está convirtiendo en sí mismo. Y sospecho que toda Obra Viva necesita atravesar ese lugar alguna vez. No para permanecer escondida, sino para llegar al mundo sin haber tenido que traicionarse por el camino.
Con el tiempo también he comprendido que custodiar no es un acto que hacemos únicamente por nuestras Obras. Es un acto de amor hacia nosotras mismas. Porque cuando una mujer encuentra un lugar donde no necesita exponerse antes de estar preparada, algo dentro de ella deja de vivir a la defensiva. El cuerpo se relaja. La voz encuentra su tono. La presencia deja de buscar permiso. Y, poco a poco, empieza a aparecer una autoridad mucho más silenciosa y mucho más difícil de romper.
Quizá esa sea una de las funciones más profundas de un templo. No protegernos del mundo. Prepararnos con tanto amor que, cuando llegue el momento de exponernos, ya no necesitemos dejar ninguna parte de nosotras fuera para poder ser aceptadas.
Hoy comprendo que esa ha sido una de las funciones más amorosas de URUK. No lo construí solamente para quienes un día llegarían. También lo construí para mí. Necesitaba un lugar donde mi voz pudiera salir sin tener que endurecerse. Donde pudiera escribir con la lentitud que necesito, compartir solamente aquello que ya ha encontrado raíz y permitirme seguir siendo profundamente vulnerable sin sentir que esa vulnerabilidad quedaba expuesta en cada rincón de internet. Sin darme cuenta, mientras levantaba un templo para las mujeres que vendrían, también estaba levantando el lugar donde yo misma podría seguir naciendo.
Y sospecho que eso mismo es lo que tantas mujeres llevan tiempo necesitando sin saber nombrarlo. No más exposición. No más algoritmos. No más obligación de estar siempre disponibles. Lo que anhelan es un lugar donde su verdad pueda salir antes de tener que sostener la mirada del mundo. Un lugar donde su voz pueda nacer despacio, rodeada de belleza, de silencio y de amor.
Quizá custodiar antes de exponer sea exactamente eso. Construir un lugar donde una mujer pueda encontrarse consigo misma antes de sentir que tiene que encontrarse con todo el mundo.
Porque un templo no existe para esconder la verdad. Existe para que la verdad pueda salir al mundo sin haberse traicionado antes de tocar tierra.
Y quién sabe…
Quizá un día las puertas de este templo permanezcan abiertas.
O se cierren un poco más.
Seguiré escuchando…
Con amor,
Paula Eugènia · El Ojo de Venus
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Si ELLA también te ha susurrado algo mientras leías...
déjalo aquí antes de que el mundo vuelva a hacer ruido.