C.III.11 · La mujer capaz de custodiar una Obra Viva
Durante mucho tiempo pensé que el mayor desafío era descubrir cuál era mi Obra. Imaginaba que, cuando por fin apareciera, todo empezaría a ordenarse. Tendría más claridad, más confianza y sentiría que, por fin, estaba preparada para sostener aquello que había venido a hacer.
Con el tiempo comprendí que la Vida tenía otros planes.
La Obra llegó mucho antes que la mujer capaz de custodiarla.
Y que nunca sabré exactamente el final, hasta que muera.
El Ojo de Venus nunca apareció de golpe. Fue creciendo conmigo. Primero fue la fotografía. Después las mujeres. Más tarde las conversaciones. La escucha. Los símbolos. Sin darme cuenta, mientras yo creía estar construyendo un oficio, la Obra llevaba años construyendo en silencio a la mujer que algún día necesitaría llegar a ser.
Y entonces apareció ELLA.
No llegó como una idea.
Llegó como una responsabilidad.
Una Biblioteca pública.
Un Templo.
Los Susurros.
Los Códices.
Los Umbrales.
Mi propia voz.
Todo aquello que durante años había vivido en mis cuadernos empezó a pedirme una casa. Un lugar donde permanecer. Un espacio al que cualquier mujer pudiera llegar algún día, incluso cuando yo ya no estuviera para acompañarla.
Recuerdo perfectamente aquellos meses.
Abría la Biblioteca y volvía a cerrarla.
Grababa un Umbral y era incapaz de escucharlo.
Escribía un Códice y lo releía una y otra vez antes de atreverme a dejarlo vivir fuera de mí.
Lloré mucho, mucho, mucho.
Sentí muchísima rabia.
Muchísima frustración.
Muchísma incoherencia interna por no atreverme.
Hubo mucho abrazo y diálogo con todas mis partes antes de dar cualquier paso, o salto.
Me encontré con límites internos que ni siquiera sabía que seguían habitando en mí. Había una parte de mí profundamente enamorada de la Obra y otra que seguía intentando protegerse. Durante un tiempo pensé que el miedo era exponerme.
Hoy sé que no era exactamente eso.
Lo que me daba vértigo era aceptar que me estaba convirtiendo en autora, o algo así, pensé en ese momento.
Porque una autora no publica solamente palabras.
Custodia una conversación que seguirá viva cuando ella ya no pueda sostenerla con sus propias manos.
Comprendí que ya no estaba escribiendo para esta semana, ni para el próximo lanzamiento, ni siquiera para esta etapa de mi vida. Estaba escribiendo algo que quizá acompañaría a mujeres cuyos nombres nunca conoceré. Mujeres que llegarán al Templo dentro de diez, veinte o quizá cincuenta años. Mujeres que encontrarán un Susurro, un Códice o un Umbral exactamente el día en que más lo necesiten.
Y esa posibilidad cambió por completo mi manera de escribir.
Porque una Obra Viva cambia de dimensión el día en que comprendes que ya no la estás construyendo sólo para ti, sino para las mujeres que un día llegarán al Templo cuando tú ya no estés.
Ese día deja de pertenecer únicamente a tu historia.
Empieza a pertenecer a la Vida.
Y la Vida trae y atrae más Vida.
Fue entonces cuando entendí que el verdadero trabajo nunca había sido construir unas Bibliotecas.
El verdadero trabajo consistía en convertirme en la mujer capaz de custodiarlas.
Cada página me pedía más verdad.
Cada Umbral más presencia.
Cada Susurro más silencio.
Cada Códice más honestidad.
La Obra no me preguntaba si era suficientemente buena. Me preguntaba algo mucho más profundo y radical: si estaba dispuesta a dejarme transformar por ella.
Y comprendí que ésa ha sido siempre la manera en la que una Obra Viva crece.
No nos exige ser más grandes que ella.
Nos invita a crecer a su lado.
Como el día en que dije sí al espíritu de El Ojo de Venus.
A ciegas.
En amor incondicional.
Hoy sigo sintiendo vértigo muchas veces.
Sigue temblándome el cuerpo antes de publicar algunas palabras. Sigue impresionándome pensar que una mujer pueda abrir esta Biblioteca dentro de muchos años y encontrar aquí una conversación capaz de sostenerla.
La diferencia es que ese vértigo ya no me habla de miedo.
Me habla de amor.
Del amor que siento por esta Obra, por mi, por ti y por la humanidad.
Del amor que siento por las mujeres que un día llegarán hasta ella.
Y del inmenso privilegio de haber recibido algo que merece ser custodiado con belleza, con dignidad y con una fidelidad que me acompañará toda la vida.
Quizá eso sea, en el fondo, convertirse en la mujer capaz de custodiar una Obra Viva.
Comprender que nunca se nos pide estar completamente preparadas.
Sólo permanecer lo bastante cerca de aquello que amamos para dejar que, poco a poco, también nos transforme.
Con amor,
Paula Eugènia · El Ojo de Venus
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