C.V.12 · Hieros Gamos. La cama antes del trono
Durante mucho tiempo pensé que la soberanía llegaría cuando mi Obra encontrara por fin su forma. Cuando el negocio funcionara. Cuando dejara de preocuparme el dinero. Cuando sintiera que todo aquello que vivía dentro de mí encontraba, por fin, un lugar en el mundo. Creía que el siguiente paso consistía en construir mejor el trono.
Con el tiempo comprendí que estaba mirando en la dirección equivocada. El mito del Árbol de Huluppu llevaba razón desde el principio. Antes del trono aparece la cama. Antes de gobernar una vida, una mujer necesita aprender a habitarla. Antes de dirigir una visión, necesita reconciliarse consigo misma.
No entendí esta enseñanza leyendo a Inanna. La entendí muchos años antes de que existiera El Ojo de Venus. La entendí cuando aquello que más amaba empezó a pesarme. Cuando las sesiones familiares dejaron de sentirse como un regalo gozoso y empecé a descubrir el cansancio de una vida construida alrededor del servicio, pero todavía no alrededor de mí.
Más tarde llegaron los grupales. Llegaron nuevas formas de acompañar. Había belleza en todo aquello y, sin embargo, algo seguía sin encontrar su lugar. Sentía que dentro de mí existía una conversación muchísimo más grande. Un Templo entero intentando nacer. Una Obra que todavía no encontraba el espacio suficiente para respirar.
Durante un tiempo pensé que necesitaba más estrategia. Más claridad. Más estructura. Hoy sé que no era eso. Lo que estaba intentando nacer no necesitaba una mejor planificación. Necesitaba una mujer capaz de sostener su propia magnitud sin reducirla para que cupiera dentro de la vida que ya conocía.
Ese cambio no ocurrió de golpe. Llegó muy, muy despacio. Casi sin darme cuenta empecé a vomitar todo lo que llevaba años viviendo por dentro. Escribía durante horas. Lloraba. Ordenaba una idea y aparecían diez más. Quitaba cosas de mi vida para hacer espacio a otras que todavía no sabía nombrar. Sentía que algo estaba reorganizándolo todo desde dentro y que mi única tarea consistía en no volver a cerrar la puerta. Como si mi vida estuviera preparando una habitación para alguien que siempre hubiera vivido allí, pero a quien todavía no me había atrevido a recibir.
Al mismo tiempo empezó otra transformación, mucho más silenciosa. Dejé de pensar que cuidarme era algo que hacía cuando terminaba de trabajar. Comprendí que era exactamente al revés. La manera en que cuidaba mi cuerpo, mi energía, mi descanso y mi verdad iba a determinar la calidad de todo aquello que después pudiera ofrecer al mundo.
Sin darme cuenta empecé a celebrar una liturgia que nadie conocía. Cada mañana me levantaba antes que mis hijos. Salía al alba a caminar por el bosque. Sentía el frío en la piel, el silencio entre los árboles y el sonido de mi propia respiración. Algunas mañanas lloraba. Otras reía a carcajadas mientras subía una montaña. Otras me sumergía en una poza todavía envuelta en penumbra y sentía que el agua me devolvía a mí misma. No estaba escapando del mundo. Estaba regresando a casa.
Había mañanas en las que bajaba al río con mi tambor a cuestas y dejaba que mi voz atravesara el bosque sin preocuparme por quién pudiera escucharla. Después volvía a casa, preparaba el desayuno, despertaba a mis tres hijos, los llevaba al colegio y regresaba de nuevo al silencio. Me duchaba lentamente con los ojos cerrados. Hablaba con mi diosa. Con Dios. Con el espíritu de mi Obra. Con mi abuela materna. Y, sin saberlo, cada amanecer renovaba unos votos que nadie podía ver.
Volvía a elegirme.
Volvía a elegir a Dios.
Volvía a elegir a ELLA.
Volvía a elegir el espíritu de mi Obra.
Era un matrimonio.
Durante mucho tiempo pensé que aquellas mañanas eran una preparación para el trabajo. Hoy sé que aquellas mañanas eran el trabajo. Porque fue allí donde empezó a cultivarse la mujer que un día podría sostener un Templo para una Obra Viva sin perderse dentro de él. Sin reducirse para sostenerla. Sin abandonar una parte de sí para poder servir a las demás.
No sé si los antiguos sumerios pensaban en esto cuando escribieron el mito. Tampoco necesito saberlo. Lo que sí sé es que, desde la primera vez que lo leí, la cama de Inanna dejó de hablarme del descanso o del deseo para convertirse en el símbolo de un matrimonio que necesitaba renovar cada mañana.
Hieros Gamos.
El matrimonio sagrado.
No el que une a dos personas.
El que reconcilia todo aquello que una mujer ha mantenido dividido dentro de sí.
Mi femenino dejó de desconfiar de la estructura. Mi masculino dejó de confundirse con la exigencia. La una dejó de esperar eternamente el momento perfecto. El otro dejó de correr intentando demostrar que ya era suficiente. Poco a poco dejaron de competir. Y entre ambos empezó a aparecer una forma completamente distinta de habitar la vida, donde la acción nacía del amor y no de la urgencia, y la sensibilidad dejaba de tener miedo a la dirección.
No sé si alguna vez llegaremos del todo a ese lugar. Sospecho que no. Cada vez que creo haber integrado una parte de mí aparece otra conversación esperando ser escuchada. Otra capa de verdad. Otra oportunidad para volver a elegirme. Quizá el Hieros Gamos nunca sea un lugar al que se llega. Quizá sea un voto que se renueva cada mañana.
Quizá por eso el mito coloca la cama antes que el trono.
Porque la soberanía nunca aparece de golpe.
Se cultiva.
Se encarna.
Se practica.
En cada límite.
En cada decisión.
En cada conversación.
En cada vez que dejamos de traicionarnos para pertenecer.
En cada amanecer en el que volvemos a decir "sí" al matrimonio invisible que sostiene nuestra vida.
Y quizá entonces, sólo entonces, el trono deja de ser una conquista. Ya no representa un lugar que una mujer necesita alcanzar. Se convierte en el regalo que la Vida entrega cuando descubre que esa mujer lleva mucho tiempo gobernándose con amor, con paciencia y con fidelidad.
Quizá por eso la Reina nunca nace el día en que se sienta en el trono.
La Reina nace mucho antes.
Nace cada mañana en la que vuelve a elegirse y renueva sus votos.
El día en que, por fin, construye su cama antes de sentarse en el trono.
Con amor,
Paula Eugènia · El Ojo de Venus
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Si ELLA también ha despertado algo en ti mientras leías...
permanece unos minutos más.
Quizá haya comenzado en ti una conversación que no necesita respuestas, sino presencia.