C.V.11 · La soberanía de la Reina
Durante mucho tiempo creí que la soberanía consistía en llegar a algún lugar. En convertirme en una mujer más preparada, más sabia o más capaz. Hoy sospecho que no era eso. La soberanía comenzó el día en que mi Obra dejó de permitirme esconderla. Me pidió que confiara. No me mostró el camino entero. Apenas uno o dos peldaños. Todo lo demás permanecía borroso. Y, sin embargo, comprendí que la fe nunca consiste en verlo todo. Consiste en seguir remando cuando ya has reconocido la Voz que te llama.
Nadie nos explicó esto antes. Y, sin embargo, estaba escrito hace miles de años, enterrado bajo la arena, esperando a que alguien volviera a escuchar aquellas antiguas historias. Quizá por eso tantas mujeres creen que primero necesitan sentirse preparadas para responder a su Obra. Como si un día despertaran libres de dudas. Como si la certeza llegara antes que el camino. Pero la Vida nunca me habló así. Siempre me pidió un paso más. Sólo uno. Después otro. Y otro.
Con los años comprendí que una Obra Viva nunca espera a que estemos listas. Al contrario. Es ella quien nos hace crecer hasta convertirnos en la mujer capaz de custodiarla. No caminamos delante de la Obra. Caminamos junto a ella. Mientras ella se revela en el mundo, nosotras también vamos naciendo. Hay partos que no traen hijos. Traen mujeres nuevas.
Recuerdo uno de esos partos. Me partí en dos. Lloré como pocas veces he llorado. Sentía que había todo un mundo dentro de mí esperando nacer, una forma distinta de mirar la Vida, y comprendí que ya no podía seguir reteniéndola. Aquel día no vencí ningún miedo. El miedo murió solo. Lo que permaneció fue el amor. Murió también la mujer complaciente, la que miraba continuamente hacia los demás antes que hacia su Obra. Y entendí que hay momentos en los que seguir buscando aprobación se convierte en una forma muy silenciosa de abandonar aquello que la Vida nos ha confiado.
Quizá por eso el verdadero umbral nunca fue preguntarme si sería capaz. La pregunta era otra. Mucho más íntima. Y mucho más desnuda.
¿Quién soy yo para merecer esta corona?
¿Quién soy yo para custodiar esta Obra?
¿Quién soy yo para recibir este encargo de Dios en el mundo?
Y, sin embargo, cuanto más permanecía con esa pregunta, menos hablaba de mérito y más de bendición. Nunca sentí que hubiera conquistado la corona. Sentí que me había sido confiada.
Llegar hasta ese instante lleva años. Muchísimos años de trabajo interior. Años atravesando barro, renunciando a versiones de una misma, soltando pieles que ya no podían sostener la Vida que quería nacer. Por eso, cuando finalmente Inanna toma la Shugurra entre sus manos, el gesto parece pequeño. Porque el verdadero acontecimiento ya ha sucedido dentro de ella. Ponerse la corona apenas hace visible una transformación que llevaba mucho tiempo ocurriendo en silencio.
Y quizá ahí comprendí que la soberanía no es un destino al que una llega para descansar. Es un voto que se renueva cada día. Con Dios. Con la Diosa. Con ELLA. Con la Obra. Elegir una y otra vez permanecer disponible para aquello que pide nacer a través de nosotras. Elegir el amor por encima del miedo. Elegir la fidelidad a la Obra por encima de la complacencia.
Después comprendí que la Shugurra -la corona- nunca había sido el destino.
Apenas era el gesto con el que una mujer dice sí a la Vida.
Lo demás...
lo demás sucede en la travesía.
Y es extraño.
Porque el cuerpo lo sabe antes que la cabeza.
El corazón se ensancha.
Regresan unas mariposas antiguas.
No de miedo.
Llenas de Vida.
Como cuando descorchas una etapa que todavía no conoces y, aun así, sonríes.
No porque sepas lo que ocurrirá.
Sino porque, por primera vez, ya no necesitas saberlo.
La Barca del Cielo espera en el muelle.
Con amor,
Paula Eugènia ★ El Ojo de Venus