Inanna, Venus y la mujer que sostiene una Obra Viva
Soberanía, autoría y emprendimiento consciente
Hace tiempo que necesito abrir esta conversación.
Y quizá porque hay conversaciones que no nacen de una estrategia ni de una respuesta que queremos dar, sino de algo que llevamos un tiempo observando, viviendo y deseamos ofrecerla, entregarla.
Una conversación sobre nosotras.
Mujeres que ya tenemos una Obra consciente entre manos, ya hemos creado, tenemos experiencia, capacidades, y estamos entrando en otra dimensión de nosotras mismas.
Mujeres que sentimos profundamente, que escuchamos lo que sucede por debajo de la superficie, que percibimos cosas que a veces todavía no tienen nombre. Sobre las mujeres que hemos aprendido a confiar en nuestra intuición, en nuestra sensibilidad, en nuestra capacidad creadora sagrada y en esa relación misteriosa que mantenemos con la Vida, de alguna manera, sabemos que hemos venido a traer al mundo.
Y también sobre lo que ocurre cuando esa sensibilidad desea convertirse en Obra. Cuando aquello que en los primeros días fue visión, deseo, intuición o llamada, poco a poco empezó a pedir cuerpo, forma y una manera de llegar al mundo a través del emprendimiento. Y cuando esa Obra, ya viva, empieza a anhelar estructura, economía, presencia y continuidad.
Hay mujeres que llegan a su Obra desde la sensibilidad. Escuchan mucho, perciben mucho, intuyen, imaginan, relacionan, crean. Han aprendido a confiar en su mirada, en su manera sagrada de comprender el mundo, en aquello que sucede dentro de ellas cuando estando desnudas y disponibles abren su canal para recibir más información y entregarla al mundo. Muchas han construido sus primeros proyectos, sus servicios, sus marcas y sus negocios desde ese lugar. Tienen una visión, una capacidad creadora inmensa y una manera propia de servir, pero quizá todavía están descubriendo cómo dar estructura, dirección, economía y continuidad a aquello que su alma ya puede ver.
Y hay otras que llegan desde la orilla contraria. Han aprendido a hacer, resolver, organizar, sostener, producir, dirigir... Han desarrollado una enorme capacidad de acción y probablemente han construido y sostenido proyectos, equipos, clientes... Y, sin embargo, quizá llevan tanto tiempo funcionando desde una energía orientada a la acción que empiezan a echar de menos aquello que alguna vez estuvo muy vivo dentro de ellas: la creatividad, el deseo, la escucha, el placer, la intuición, la expansión.
No creo que ninguna de las dos esté en el lugar equivocado.
Tampoco creo que una necesite convertirse en la otra.
Me interesa mucho más lo que sucede cuando ambas dimensiones pueden encontrarse dentro de una misma mujer. Porque podemos ser profundamente sensibles y necesitar aprender a vender. Podemos ser extraordinarias organizando y necesitar volver a escuchar lo que deseamos. Podemos tener una visión inmensa y no saber todavía cómo materializarla. Podemos saber construir una estructura impecable y descubrir que no sabemos qué queremos crear con propósito dentro de ella.
Pero hay algo más. Algo que para mí no es ni la creadora ni la empresaria: la autora.
La creadora salvaje percibe, imagina, relaciona, recibe y da nacimiento. La empresaria puede ordenar, estructurar, hacer circular, vender, sostener y llevar aquello creado al mundo. Y la autora aparece cuando reconoce que, dentro de todo eso, hay algo que es profundamente suyo. Algo que ha ido destilando a través de su experiencia, de su mirada, de sus preguntas, de lo que ha vivido, estudiado, sentido y comprendido. Algo que ya no es solamente una creación entre muchas, sino una expresión singular de quien es y de lo que ha venido a traer al mundo.
¿Y qué sucede cuando esta santísima trinidad se encuentra dentro de una misma mujer?
Sucede que la creación deja de estar separada de la materia, la materia deja de estar separada del sentir y aquello que es profundamente propio encuentra una vía para llegar al mundo. La creadora trae la visión. La empresaria le da cuerpo, estructura y circulación. La autora reconoce aquello que merece ser afirmado, custodiado y entregado.
Ya no son tres mujeres distintas.
Son tres inteligencias que empiezan a trabajar juntas al servicio de una misma Obra.
Y quizá ahí empieza a aparecer una Obra Viva de verdad: cuando lo que recibimos, lo que sabemos hacer y aquello que solamente nosotras podemos aportar dejan de caminar por separado y empiezan a fecundarse mutuamente.
Y entonces sucede algo que puede dar muchísimo vértigo: atreverse a afirmarlo. A darle voz. A ponerlo en circulación. A dejar que otras personas lo vean, lo reciban, lo cuestionen, lo reconozcan. La autoría comienza también ahí: cuando dejamos de ser solamente las mujeres que crean cosas y empezamos a asumir la responsabilidad amorosa de aquello que solamente nosotras podemos decir, hacer o entregar de esa manera.
Y quizá estés leyendo esto y todavía no sepas cuál es tu Obra Viva.
Quizá intuyas que hay algo que quiere nacer a través de ti, una conversación que vuelve una y otra vez, una forma de hacer, una sensibilidad, una visión que todavía no sabes nombrar. También existe ese lugar. Y quizá antes de preguntarte cómo hacer crecer un negocio, necesites descubrir qué es aquello que verdaderamente has venido a crear y qué relación quiere nacer entre vosotras.
Ese fue el camino que me llevó a crear La Barca del Cielo: un recorrido para reconocer la Obra que ya vive dentro de ti, entrar en relación con ella y comenzar a escuchar qué necesita de ti para tomar forma.
En mi caso, no he dejado de ser creadora para entrar en la autoría. Tampoco siento que necesite convertirme en alguien distinta para hacer crecer mi Obra Viva. Lo que ha cambiado es mi relación con aquello que he creado, con lo que estoy creando y con lo que seguiré creando. Para mí, entrar en la autoría no significa abandonar una parte de mí para adquirir nuevas capacidades, sino entrar en relación con todas las capacidades que mi Obra me va pidiendo para poder existir en el mundo sin dejar fuera aquello que le dio origen.
Porque aquello que estamos creando tiene vida propia, desea crecer, llegar a más almas y nos va susurrando poco a poco los siguientes pasos.
A veces nos pide dirección. Otras, escucha. A veces necesita una estructura, un precio, una oferta, una estrategia de visibilidad o una manera distinta de organizar nuestro tiempo. Otras necesita que paremos de hacer, que volvamos al centro y al cuerpo, que recuperemos el deseo, que dejemos espacio para la imaginación o que recordemos por qué empezamos este camino de creación. Una Obra Viva no siempre nos pide hacer más. A veces nos pide ser capaces de recibir más. Y en ambos casos existe un aprendizaje.
Ésta es una de las distinciones que descubrí y que se ha vuelto fundamental para mí:
tener la información no equivale a tener la capacidad.
Podemos conocer cómo funciona un funnel, una newsletter, una oferta, un nicho, un precio o una estrategia de visibilidad. También podemos saber que queremos descansar más, delegar, escuchar nuestro deseo, reconectar con el cuerpo, crear desde el placer o dejar de controlar cada parte del negocio. Y, sin embargo, hay un momento en el que toda esa información necesita convertirse en algo más íntimo: experiencia, criterio y una manera propia de vivir y de emprender. Ahí es donde empieza a aparecer la capacidad.
Porque saber que necesitamos hacer algo no significa sentirnos preparadas para hacerlo.
La capacidad tiene otra profundidad. Se despliega cuando aquello que comprendemos empieza a atravesar nuestra identidad, nuestra relación con el dinero, nuestra manera de tomar decisiones, nuestro cuerpo, nuestros límites, nuestra energía, nuestra forma de comunicarnos y aquello que estamos dispuestas a sostener. Es cuando un nuevo precio empieza a sentirse posible, cuando una nueva oferta encuentra su forma, cuando descansar deja de ser una idea y se convierte en una experiencia que también sabemos habitar. Poco a poco, lo que antes era conocimiento empieza a convertirse en una manera de estar, de crear y de relacionarnos con nuestra Obra.
Necesitamos tiempo.
Tiempo para que una idea se convierta en experiencia, para que la experiencia se convierta en criterio y para que el criterio pueda transformar nuestra manera de actuar. Tiempo para que aquello que intelectualmente comprendemos pueda llegar también a nuestra forma de vivir. Tiempo para que una nueva capacidad encuentre un lugar dentro de nosotras antes de exigirle que sostenga una realidad nueva.
Ésta ha sido una de las razones por las que mi relación con Inanna y con el ciclo de Venus se ha vuelto tan importante para mí.
No llegué a Ellas buscando una metodología empresarial. Llegaron a mi camino desde otro lugar: desde la fascinación, la escucha, la investigación propia, la experiencia y el deseo de comprender qué estaba ocurriendo dentro de mí. Y, a medida que recorría el ciclo de Venus y entraba en relación con el descenso y el ascenso de Inanna, empecé a observar algo que me sorprendió profundamente: la mujer y su Obra necesitan poder transformarse y evolucionar juntas.
Ya sabemos que lo que se mueve dentro de nosotras termina moviendo también aquello que estamos creando.
Entonces un deseo nuevo puede transformar una oferta. Una decisión interna puede modificar una estructura. Una comprensión distinta de nuestro valor puede cambiar un precio. Una relación diferente con nuestra autoridad puede cambiar nuestra manera de comunicarnos. Una visión que se expande puede hacer que la forma actual del negocio empiece a quedarnos pequeña. Y también puede suceder al revés: un nuevo deseo de nuestra Obra puede revelarnos una capacidad que todavía no sabíamos que necesitábamos desarrollar. Y algunas de esas capacidades dan vértigo.
Por eso la pregunta deja de ser solamente:
¿Qué desea ser creado a través de mí?
Empieza a aparecer otra:
¿Qué necesita hoy mi Obra de mí, y qué necesito yo de ella para que ambas podamos crecer juntas?
Porque quizá no se trate de cambiar quiénes somos para poder hacer crecer aquello que hemos venido a crear. Quizá se trate de descubrir y, sobre todo, de encuerpar poco a poco a la mujer que puede acompañar la siguiente etapa de su Obra, sin dejar atrás ninguna de las partes de sí misma que la hicieron posible.
Una mujer que pueda aprender, sí. Que pueda ampliar su capacidad, sí. Que pueda tomar decisiones nuevas, poner nuevos precios, ocupar otro lugar, abrirse a una visión mayor. Pero no como una exigencia permanente de convertirse en otra, sino como un proceso de encarnar, poco a poco en amor, nuevas capacidades dentro de la mujer que ya es.
Para mí, ahí empieza una parte profunda de la soberanía.
No como control o autosuficiencia. Ni como la necesidad de hacerlo todo solas. La soberanía tiene más que ver con volver a una misma para escuchar, discernir y decidir. Con reconocer qué es mío y qué no. Qué quiero sostener y qué ya no. Qué necesita mi Obra de mí y qué estoy intentando hacer solamente porque alguien me dijo que así debía construirse un negocio. Y también con preguntarme qué parte de mí lleva demasiado tiempo esperando ser escuchada.
Cuando entramos en esa escucha, la relación con nuestra Obra cambia.
En mi caso, yo no siento que deba gobernar El Ojo de Venus. Siento que un día nos dijimos SÍ el uno al otro. Yo dije sí al espíritu de El Ojo de Venus, y mi Obra Viva me dijo sí también a mí. Fue un reconocimiento. Un encuentro amoroso y energético entre aquello que mi alma estaba llamada a expresar y aquello que esta Obra Viva quería llegar a ser. Desde entonces, mi relación con ella no consiste en imponerle una dirección desde fuera, sino en entrar en escucha.
¿Qué desea ser?
¿A quién quiere servir?
¿Qué conversación quiere abrir?
¿Qué quiere hacer crecer?
¿Qué necesita ahora?
¿Y qué necesita de mí para poder seguir tomando forma?
Para mí, ésa es una relación que tiene mucho más que ver con el amor incondicional y la devoción que con el control.
Y cuando lo pienso desde ahí, también cambia mi manera de entender el emprendimiento. No siento que tengamos que arrancar una estrategia de un lugar completamente separado de nuestra alma para después intentar alinearla con nosotras. Podemos construir desde la relación entre ambas cosas desde el principio. Podemos dejar que la visión converse con la estructura, que el deseo converse con la economía, que la belleza converse con el precio, que la intuición converse con la dirección, que la creatividad converse con la estrategia y que la espiritualidad pueda sentarse en la misma mesa que las ventas.
Ojo, no para espiritualizar el negocio.
Tampoco para desespiritualizar nuestra vida con el objetivo de hacer negocio.
Para permitir que ambas dimensiones se encuentren y bailen.
Eso es lo que me interesa del mito de Inanna cuando lo miro hoy. No necesito convertirlo en una receta empresarial, ni pretendo que un relato de hace miles de años pueda explicarnos literalmente cómo construir una empresa. Lo que encuentro en él es una imagen poderosa de transformación: una mujer que desciende, atraviesa capas, se encuentra con aquello que no podía seguir evitando y después asciende.
También nosotras descendemos.
Descendemos cuando una identidad deja de servirnos, cuando una manera de trabajar ya no nos representa. Cuando la estructura que nos había sostenido empieza a quedarse pequeña o cuando nos damos cuenta de que hemos construido una forma que ya no corresponde con la mujer que somos. Cuando necesitamos mirar algo que habíamos preferido no mirar. Pero también descendemos cuando hemos vivido demasiado tiempo en la acción y necesitamos volver a escuchar lo que existe debajo de todo lo que hacemos y ofrecemos a los demás.
Y también ascendemos.
Volvemos con otra comprensión, con una nueva decisión, con otra capacidad o con una forma más auténtica de ocupar nuestro lugar. Quizá con otra oferta, con otro ritmo, con otro precio. O puede que con una nueva estructura, con más descanso o con una relación completamente diferente con nuestro negocio y con nuestra vida.
Inanna no me interesa como una mujer a la que tenemos que imitar. Me interesa como una mujer antigua, una ancestra, cuya historia sigue abriendo preguntas contemporáneas en nosotras. ¿Qué necesitamos dejar atrás para poder avanzar? ¿Qué capas de identidad ya no necesitamos cargar? ¿Qué ocurre cuando descendemos lo suficiente como para escuchar algo que la prisa no nos permitía oír? ¿Qué puede nacer cuando regresamos con una comprensión diferente?
Y Venus introduce algo que para mí resulta todavía más valioso:
el tiempo.
El tiempo cíclico.
La posibilidad de no empacharnos, de dejar de correr, de permitir que ese anhelo vaya tomando forma a su ritmo.
En mi propio recorrido con Venus he experimentado lo que significa disponer de un ciclo amplio —aproximadamente dieciocho meses— para caminar una transformación sin exigirme comprenderla entera desde el primer día. Para volver sobre una cuestión. Para probar, escuchar e integrar. Permitir que una decisión madure y descubrir que aquello que hace unos meses parecía imposible hoy ya forma parte de mí de una manera natural.
Y hay algo que para mí resulta todavía más especial en ese recorrido: tanto el descenso como el ascenso tienen su propio movimiento, y cada etapa trae algo distinto. Lo que primero aparece como una intuición, una comprensión o una visión puede empezar, poco a poco, a encuerparse.
No solamente entiendo algo nuevo sobre mí. Empiezo a vivirlo, a decidir desde ahí, trabajar desde ahí, a poner un precio desde ahí, a descansar desde ahí, a relacionarme con mi Obra desde ahí.
Vamos encuerpando nuevas dimensiones de nosotras mismas sin dejar de ser quienes somos.
Y quizá por eso me gusta tanto recorrer este camino en ciclos: porque no todo tiene que comprenderse y resolverse a la vez. Hay cosas que necesitan volver sobre nosotras, encontrarnos en otro momento, atravesarnos de otra manera y, poco a poco, encuerparse.
Me gusta pensar que una Obra Viva también puede crecer así, orgánicamente.
Cada Obra Viva tiene su propio tiempo. Algunas cosas pueden suceder este mes y otras necesitarán más recorrido; algunas decisiones pueden tomarse este otoño y otras madurarán a lo largo de los próximos años. Tampoco necesitamos saber ahora cómo será nuestro negocio dentro de diez años para poder reconocer cuál es el siguiente paso. Podemos empezar a construir una expresión más honesta de nuestra marca personal desde quienes somos hoy, mientras vamos desarrollando las capacidades que iremos necesitando en cada etapa. Y, sobre todo, podemos recordar que cada Obra Viva es única: no todas necesitan todo lo que nos venden que necesita un negocio.
Podemos caminar estas etapas con gozo.
Aprender sin atragantarnos.
Crecer sin violentarnos.
Abrir una puerta y quedarnos un tiempo dentro de ella.
Dejar que una nueva capacidad aparezca cuando realmente estamos disponibles para recibirla. Hay algo profundamente sagrado en esa disponibilidad. Y algo profundamente desnudo y hermoso en permitirnos estar ahí sin necesitar tenerlo todo resuelto.
Porque quizá la mujer que siente que necesita más estructura no quiere perder su sensibilidad para encontrarla. Y quizá la mujer que anhela volver a su creatividad no tenga que renunciar a todo lo que ha construido para hacerlo. Una puede aprender a materializar sin endurecerse. La otra puede aprender a abrirse sin desestructurarse. Una puede descubrir el placer de sostener. La otra, el placer de crear.
Ambas pueden empezar a construir desde un lugar más cercano a quienes son, más honesto con lo que desean y más fiel a la Obra que están llamadas a crear.
No necesitamos elegir entre la mujer que recibe y la que acciona, entre la que escucha y la que decide, entre la que imagina y la que materializa. La intuición puede convivir con la estructura; el deseo, con la economía; la sensibilidad, con el liderazgo. Una mujer puede aprender a dar forma a lo que siente sin endurecerse para hacerlo, y otra puede volver a abrirse al deseo y a la creatividad sin tener que deshacer todo lo que ya ha construido. Quizá la soberanía tenga que ver precisamente con esto: con poder habitar todas esas dimensiones sin sentir que, para desarrollar una parte de nosotras, tenemos que silenciar otra.
Y quizá la autoría empiece ahí, en este punto dulce: cuando entramos verdaderamente en relación con aquello que hemos venido a crear y reconocemos aquello que, dentro de todo eso, es profundamente nuestro. Escuchamos qué necesita de nosotras, dejamos que la visión encuentre cuerpo, forma, dirección y acción, y nos atrevemos a afirmarla, darle voz y entregarla al mundo. La manera en que emprendemos puede transformarse a medida que nosotras también nos transformamos, pero nuestra autoría aparece cuando aquello que hemos ido destilando a través de la vida encuentra una forma singular que puede ser recibida por otras personas.
Desde mi experiencia y desde el recorrido que llevo haciendo, siento que quizá este momento pida espacio y tiempo: una pausa en la formación. No porque no haya más que aprender, sino porque quizá ya haya mucho que integrar. Ya hemos probado, entregado, observado qué funciona y construido capacidades que hoy forman parte de nosotras. Antes de volver a llenarnos de nuevas herramientas, cursos o respuestas, quizá podamos permitir que todo aquello que hemos aprendido y encuerpado encuentre espacio para convertirse en Obra: ordenar el pensamiento propio, destilar la experiencia, reconocer qué es verdaderamente nuestro y dejar que tome una forma propia.
Podemos permitir que la Obra camine con nosotras, que se revele por capas y que cada nueva capacidad llegue cuando estemos disponibles para recibirla. No se trata de llegar cuanto antes a la mujer capaz de sostener toda nuestra visión, sino de permanecer en relación con aquello que quiere tomar forma a través de nosotras.
Este camino podemos hacerlo juntas.
Con amor,
Pau
—
La conversación continúa dentro del Templo.
Cuando llegues a Uruk, tu llave de acceso te permitirá seguir profundizando en esta relación con tu Obra dentro de ELLA.
S.009 · Venus, Inanna y el Hieros Gamos
U. Sagradas & Desnudas
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Autora: Paula Eugènia — fotógrafa y fundadora de El Ojo de Venus